Uno de los grandes debates dentro del estudio del fenómeno OVNI gira en torno a una pregunta que, a simple vista, puede parecer sencilla: ¿estamos realmente ante un fenómeno físico? La respuesta parece no entrañar mucha dificultad, ya que solemos pensar que los OVNIS son objetos materiales. No obstante, al cotejar esta explicación con la casuística revela múltiples aristas que nos demuestra, una vez más, que en el asunto de los platillos volantes nada es lo que parece.
Durante décadas, la mayoría de los investigadores han defendido a capa y espada que los OVNIS son máquinas de “chapas y tornillos”, capaces de provocar diversos rastros sobre el terreno, producir efectos electromagnéticos, inducir alteraciones fisiológicas en los testigos o incluso dejar supuestos restos materiales tras su paso. Sin embargo, por otro lado, se ha comprobado que en muchas otras ocasiones, más de las que se quieren admitir, el fenómeno no parece tener una base física y comportarse como si fuera un fantasma del medievo. Y aquí es donde empiezan nuestros problemas para entender realmente a qué nos estamos enfrentando…
ENCUENTROS CERCANOS: CUANDO LA REALIDAD SE VUELVE EXTRAÑA
Es especialmente en los llamados Encuentros Cercanos con
OVNIs, aquellos episodios de mayor proximidad con el fenómeno donde se dispara
exponencialmente el factor de extrañeza asociadas a estas manifestaciones. En
estos casos, los OVNIs y sus ocupantes parecen moverse en una zona ambigua,
casi liminal, ya que a veces dejan pruebas físicas palpables y en otras
ocasiones no dejan absolutamente nada tras su partida o desaparición. Aunque lo más inquietante es que no hay diferencias que
nos permitan separar los encuentros físicos de los que no lo son. Dos aterrizajes
OVNIs aparentemente idénticos en todos sus detalles se comportan de forma
antagónica sin razón aparente. En el Caso A, el terreno aparece calcinado, con
aplastamiento de algunas zonas y con niveles de radiación; en el Caso B, a
pesar de que el objeto aterrizó de la misma manera que en el anterior suceso y
sobre un terreno idéntico, la hierba no está ni despeinada. Todo ello sugiere
que la fisicalidad del fenómeno no se comporta de forma constante o usual, al
menos no en los términos que nosotros entendemos normalmente. Si el fenómeno
fuese puramente físico (una nave de metal de otro planeta), dejaría siempre huellas.
Si fuese una construcción etérea, jamás quemaría el suelo. Pero la realidad es
que ni una cosa ni la otra encajan plenamente en este modelo. Además, en
numerosas ocasiones las huellas dejadas sobre el terreno resultan claramente
inconsistentes con lo observado durante la experiencia, añadiendo aún más
incertidumbre. Marcas demasiado superficiales para un objeto que aparentaba
gran tamaño o peso, huellas incompletas, distribuciones irregulares o efectos
físicos parciales sugieren que la manifestación no se comportó como lo haría
cualquier objeto material convencional. Esta discordancia refuerza la idea de
que, aun cuando el fenómeno es capaz de dejar evidencia material, y, por tanto,
de ser considerado algo físico, dicha evidencia no sigue las reglas habituales
de la interacción física normal, apuntando a una materialidad anómala,
fluctuante o incompleta. Pero ¿a qué se debo esto?
Es en este punto es donde entra en juego la Teoría de la
Distorsión, una propuesta que no niega la materialidad del fenómeno OVNI, pero
sí cuestiona que esta sea constante, estable o comparable a la de cualquier
otro objeto físico convencional. Por ello, la Distorsión se distancia de la
interpretación clásica, la que sostiene la Hipótesis Extraterrestre, ya que no cree que esta fisicalidad
del fenómeno deba ser entendida como una prueba indiscutible de que estamos en
presencia de naves espaciales de origen alienígena. El matiz, que muchos
prefieren no cuestionar, es que este hecho no debería llevarnos a dar un salto
teórico tan concluyente y asumir que la única explicación posible sea la
presencia de naves procedentes de otros mundos. Ese es un paso que la
Distorsión no está dispuesta a dar.
Entonces, ¿cómo deberíamos analizar esta materialidad del
fenómeno? ¿Es posible que exista otra lectura de este aspecto?
LOS 3 ESTADOS DE LA “MATERIA” DEL FENOMENO OVNI
Para comenzar, es necesario definir
con precisión el comportamiento físico del fenómeno, contrastándolo con una
amplia casuística y verificando si se ajusta a parámetros normales o si existe
la posibilidad de explorar otras explicaciones. La teoría de la Distorsión
plantea que las manifestaciones ufológicas, a tenor del escrutinio de numerosos
incidentes, pueden presentarse ante los observadores en tres estados distintos,
cada uno con rasgos propios que contribuyen a comprender su complejidad.
El primero es el ESTADO FÍSICO o material, en el que
el fenómeno se comporta como un objeto tangible, capaz de dejar huellas en el
terreno, aplastar la vegetación, afectar dispositivos electrónicos o provocar
efectos fisiológicos en los testigos. Es el estado que más se ajusta a nuestra
concepción habitual de lo real y material.
El segundo es el ESTADO NO-FÍSICO o intangible, que
conviene aclarar que no es menos real ni menos nítido que la manifestación de
forma física. Para los testigos, lo percibido es tan definido y aparentemente
sólido que es indistinguible de la realidad objetiva; no aparece borroso ni
parece el producto de una ensoñación. Sin embargo, carece de materia, por lo
que no deja rastros físicos, aunque sigue estando presente “ahí afuera” e
incluso interactuar con objetos del entorno, como si fuera consciente de lo que
lo rodea. La inmaterialidad de la escena, nada acorde con lo
esperado de visitantes de las estrellas, es lo que hace que muchos investigadores rechacen de plano
este tipo de sucesos al considerarlos, en el mejor de los casos, como producto
de la imaginación de los testigos. Además, este estado parece coincidir a la
perfección con lo que diversas tradiciones describen como el mundo de lo
imaginal, las experiencias chamánicas y los episodios visionarios documentados
a lo largo de la historia, y que durante mucho tiempo no han sido tenidos en cuenta
precisamente por considerarse simples productos de la mente. Sin embargo, en
muchas de estas experiencias los protagonistas no solo afirmaban haber “visto”
algo, sino haber interactuado con ello: dialogar con seres y entidades, tocar
objetos, desplazarse por paisajes desconocidos o recibir información que
percibían como externa a ellos mismos. Los protagonistas insistían en que la
“visión” tenía una realidad incuestionable, a veces incluso más nítida y
definida que la percepción cotidiana y que por supuesto ni eran ensoñaciones ni
alucinaciones. En ciertos casos, el fenómeno provocaba efectos fisiológicos y
psicológicos significativos en los testigos, además de dejar evidencias físicas
de carácter altamente extraño.
Finalmente, existe un ESTADO INTERMEDIO, en el que el
fenómeno combina características físicas con su naturaleza etérea y no
material. En este caso, los registros sobre el terreno resultan extraños,
incompletos o difusos: las huellas que deberían aparecer según lo observado por
los testigos no siempre están todas o se encuentran de manera parcial o
anómala.
La existencia de estos tres estados explica por qué el
fenómeno puede ser percibido como tangible o intangible, sólido o etéreo, y por
qué los efectos que hallamos sobre el entorno y los propios testigos son tan
variados y, a veces, aparentemente contradictorios o sin lógica alguna. Siguiendo
este marco teórico, tambien podríamos considerar la posibilidad de que el
fenómeno no tendría por qué manifestarse en un único estado como estamos
acostumbrados a registrar, sino que podría recorrer sucesivamente, o incluso
simultáneamente, los tres estados descritos anteriormente: físico, no-físico e
intermedio. Así, una misma experiencia podría comenzar con una presencia
plenamente material que deja huellas o provoca efectos sobre el entorno, pasar
después a una fase intangible en la que la manifestación sigue siendo percibida
con absoluta nitidez pero ya no deja rastros físicos, y finalmente situarse en
un estado híbrido en el que lo observado parece “a medio camino” entre ambos
planos, generando evidencias parciales, anómalas o difíciles de interpretar.
Esta naturaleza multifacética tambien explicaría por qué muchos testigos
describen aparentes cambios en la estructura o comportamiento de la
“escenografía” y los “actores”, como si perteneciera a un tipo diferente de
realidad a la común. Además es muy probable que el fenómeno, por esa
interacción intima con la psique de los testigos, sea capaz de alternar, de una
forma que no logramos entender, el mundo interno y externo de manera casi
sincrónica. Esto podría explicar la mezcla de sensaciones y percepciones
extrañas que experimentan los observadores, ya que no se trataría ni de un
evento puramente psíquico ni de uno estrictamente físico, sino algo de carácter
intermedio, de una naturaleza que nos supera por completo.
Todo esto refuerza la idea de que no estamos ante un objeto
convencional, sino ante un proceso dinámico cuya forma final depende tanto de
su propia naturaleza como de la interacción que establece con la conciencia del
observador.
Pero ¿Qué tan importante es la participación de los testigos?
¿LOS TESTIGOS ENLACES DEL FENÓMENO CON LA REALIDAD?
La Teoría de la Distorsión plantea que si analizamos la
casuística ufológica comprobaremos que el único elemento que varía de un caso a
otro es el testigo. Y si lo que se observa es tan cambiante en todos los
aspectos, desde el visual al narrativo, incluso pasando por su forma de
manifestarse sobre el medio en diversos estados, resultaría lógico pensar que
estas diferencias no sean casuales. Por lo que es lógico deducir que esto puede
deberse al modus operandi del fenómeno, o en su defecto a los efectos
provocados por su interacción con los diferentes individuos. Y si la Distorsión
ha determinado que el contenido visual de los encuentros cercano tiene mucho
que ver con el inconsciente de los testigos, así como el comportamiento de la
manifestación, no resulta arriesgado plantear que otros aspectos de estas
apariciones dependan, o estén influenciadas o potenciadas por la implicación de
los observadores.
Y por tanto, es factible que los testigos participen de
alguna manera en la composición de la “materia” que finalmente presentará el
fenómeno. ¿Y cómo se consigue esto? Es factible que la capacidad psíquica de
los testigos, su estado emocional y el grado de interacción con lo manifestado
pueden influir directamente en el estado en que se presenta el fenómeno ante
sus ojos. Aunque no nos confundamos. No se trata de que los OVNIs y sus
ocupantes sean creados por la mente humana, sino que, aunque el fenómeno posee
una base propia, procedente de otra dimensión, de un estrato no perceptible de
nuestra realidad o de un nivel de existencia diferente, su grado de
manifestación física depende tambien en gran medida de la interacción con el
observador. Es esa interacción, o el propio proceso que se establece entre
ambas partes, la que permitiría que lo manifestado adquiera mayor o menor
presencia en nuestro plano de realidad, como si pudiera ser “arrastrado” con
distinta intensidad hacia nuestro lado.
En otras palabras, el fenómeno no se manifiesta de la misma
manera en todos los encuentros; su consistencia material puede variar según la
interacción con los testigos. Esto explicaría por qué algunos eventos parecen
sólidos y dejan huellas, mientras que otros ocurren sin dejar ningún rastro,
incluso en lugares habitados, pasando desapercibidos para otras personas que no
forman parte de la experiencia del o los testigos. Y, lo más importante y
desconcertante, todos los incidentes, independientemente de su estado, son
indistinguibles entre sí salvo por su materialidad: no hay diferencias claras
que permitan catalogarlas como “verdaderas” o “imaginarias”, ni se perciben más
nítidas o difusas.
Tampoco puede descartarse que la capacidad del fenómeno para
mantenerse como algo físicamente estable en nuestra realidad sea limitada en el
tiempo, y que por ello necesite algún tipo de aporte energético para
sostenerse. Dentro de esta hipótesis, es posible que la mente de los testigos
podría actuar como esa fuente de energía, o puente, entre ambas realidades,
ayudando a que la manifestación conserve una estabilidad. Incluso es posible
que el propio fenómeno reduzca deliberadamente su nivel de materialidad,
modificando su densidad cuando se manifiesta, para poder prolongarse en el
tiempo sin consumirse con rapidez.
LA DESCONEXIÓN
Este modelo que esboza la Distorsión también ayuda a contextualizar
dos aspectos recurrentes que encontramos incrustados en todo tipo de
experiencias extraordinarias, paranormales, forteanas o sobrenaturales y cómo
no, las ufológicas. Por un lado, sorprende la aparición y desaparición
repentina de las escenas asociadas al fenómeno, como si surgieran de la nada y
se desvanecieran sin dejar rastro. Y por otro, resulta aún más desconcertante
que, en algunos casos, los propios observadores afirmen que basta con un
pensamiento, una rechazo o una oración para que la manifestación se esfume.
¿Cómo puede un fenómeno aparentemente externo reaccionar de ese modo a la mente
de quien lo observa? Y es que numerosos testimonios indican que la presencia
del fenómeno cesa cuando el testigo reza, recita salmos, pronuncia conjuros o simplemente
manifiesta con fuerza su intención de que todo desaparezca. Desde la Teoría de
la Distorsión, esto no se interpreta como un acto mágico ni como intervención
divina, sino como una alteración del estado mental y del proceso de
interacción. Al romperse ese vínculo, la manifestación pierde su anclaje, físico,
psíquico o intermedio, y desaparece de nuestra realidad observable. Hay que
tener en cuenta que, en la mayoría de los casos, la distancia con la
manifestado o el hecho de pronunciar estas oraciones de forma mental hace que
el fenómeno no pueda percibir de manera “ordinaria” que el testigo desea “desconectar”.
Por tanto es claro, que hay una conexión mental entre ambas partes.
UNA REALIDAD MÁS COMPLEJA DE LO QUE PARECE
En definitiva, la Teoría de la Distorsión sostiene que el
comportamiento de las manifestaciones ufológicas señala en la dirección de que
estas no pertenecen plenamente a la realidad ordinaria tal y como la
entendemos, sino a un nivel de realidad mucho más compleja y difícil de encajar
en nuestros modelos habituales de interpretación. Su altísimo grado de
extrañeza no se limita a lo que los testigos dicen ver, sino que se extiende a
la forma en que cómo fenómeno interactúa con el entorno físico o los propios
observadores, dejando evidencias parciales, incoherentes o anómalas. Visto así,
los OVNIs no serían simplemente “algo” mecánico volando por el cielo, sino el
resultado de una interacción profunda entre el fenómeno y quien lo observa, una
interacción que da lugar a una especie de escenificación que se presenta como
real, pero que no siempre se comporta según las reglas habituales de la
realidad que conocemos. Aunque a veces arrastre materia.
Por eso, responder a la pregunta sobre la dimensión física de
los OVNIS no es tarea sencilla…
JOSE ANTONIO CARAV@CA
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