Durante muchas décadas, el fenómeno OVNI ha sido un fértil terreno para que prosperen todo tipo de hipótesis e ideas de lo más variopintas. Visitantes extraterrestres, viajeros en el tiempo, criptoterrestres, animales atmosféricos y un sinfín de orígenes más han sido propuestos para explicar las misteriosas visiones de miles de personas en todo el mundo. El catálogo de planteamientos reunido es tan amplio, como asombroso.
Pero hay una pregunta que rara vez se pone sobre la mesa:
¿y si muchas de estas teorías están construidas sobre una interpretación
preliminar, sesgada o simplificada del propio fenómeno?
Hay que tener en cuenta que gran parte de estas explicaciones
sobre el fenómeno ovni tienen como cimientos una premisa muy sencilla, pero quebradiza,
porque consideran que lo que se observa es una nave espacial de capacidades
impensables para nuestra tecnología. Es decir, un artefacto construido por una
inteligencia distinta a la humana Y resulta comprensible que, partiendo de la idea de “un vehículo avanzado”
la mente dé el siguiente paso casi de forma automática: si es una máquina,
alguien debe pilotarla; y si no son humanos, entonces ¿Quiénes son y de dónde
provienen? A partir de ahí se despliega toda una batería de hipótesis. Y evidentemente
todo vale. Todo es posible.
El problema no está en lo fascinante o “lógicas” que nos
parezcan las hipótesis desde esa óptica. El problema es que todas parten de una
interpretación concreta del fenómeno que no ha sido verificada por ningún
medio, pero que se acepta sin dudar, o sea, que estamos ante una nave de chapa
y tuercas con “seres” dentro. Aunque eso, siga sin demostrarse después de casi
80 años.
¿Y si esa suposición inicial ya condiciona toda la
construcción posterior?
EL SESGO DE LA PRIMERA CAPA
El fenómeno OVNI, en su sentido más amplio, no es homogéneo y
mucho menos coherente. Sin embargo, buena parte del discurso popular y teórico
se apoya sobre una fracción muy concreta de la casuística, las observaciones de
objetos luminosos o aparatos aparentemente mecánicos en el cielo. Es lo que
podríamos denominar la “primera capa”: un concepto que nos hace volar la
imaginación: luces, discos, triángulos, movimientos imposibles.
Pero, obviamente, la literatura ufológica es mucho más amplia
y extraña que eso. Mucho más extraña. Cuando uno se adentra en los llamados
encuentros cercanos, especialmente aquellos que incluyen interacción con
ocupantes, y otros efectos anómalos, el escenario cambia de forma radical. El
terreno se vuelve pantanoso. Ya no hablamos solo de “algo que vuela”. Aparecen,
desaparecen, alteran el espacio y el tiempo, se muestran con mil formas, se
comportan de forma absurda, atraen fenómenos paranormales, y además tienen
incrustados muchas características de nuestra propia cultura. Y aquí es donde
las teorías clásicas comienzan a mostrar grietas.
LA ALTA EXTRAÑEZA: EL ELEFANTE EN LA HABITACIÓN
Los encuentros cercanos constituyen, paradójicamente, el
material más desconcertante y menos cómodo para las hipótesis convencionales.
Por eso no se suele utilizar o se le pone una etiqueta distinta a los
avistamiento lejanos. Si el fenómeno fuera simplemente la visita de
exploradores cósmicos, ¿por qué los comportamientos descritos en muchos casos
parecen tan erráticos, teatrales o incluso ilógicos? ¿Por qué la narrativa debería
cambiar con la cultura y la época?
Cuando se incluyen estos episodios en el análisis, el
fenómeno deja de parecer exclusivamente como algo físico producto de la
tecnología y comienza a adquirir un carácter mucho más complejo, ambiguo y escurridizo,
entrando incluso en el pantanoso terreno de lo parapsicológico. Y esto no gusta
a muchos estudiosos. No gusta nada.
Muchas teóricos de los OVNIS prefieren no lidiar con esta
capa más incómoda y sencillamente la eliminan de la ecuación. Se centran en la
parte aparentemente más sólida, el objeto en el cielo, en la lejanía, y poco
más, se centran en el concepto, y construyen a partir de ahí una arquitectura
explicativa coherente… pero indudablemente arbitraria.
¿EXPLICAMOS EL FENÓMENO O EXPLICAMOS NUESTRA INTERPRETACIÓN?
Aquí surge el punto de ruptura con todas estas hipótesis
mecanicistas, no es lo mismo explicar el fenómeno que explicar nuestra
interpretación del fenómeno. Si aceptamos que el OVNI es una “nave de origen
desconocido”, ciertamente, las hipótesis clásicas encajan como un guante. Pero
si admitimos que el fenómeno incluye elementos que desbordan lo puramente
aeronáutico, por muy avanzado que sea, entonces quizá el problema esté mal
planteado desde el inicio.
Tal vez no estamos ante un enigma tecnológico, sino ante una manifestación
compleja que combina un fenómeno desconocido, que conlleva una importante
alteración de la realidad, que provoca una percepción alterada en los testigos,
y, quién sabe, que otros componentes aún no comprendidos.
Lo que parece claro, a estas alturas de la película, es que
reducirlo todo a una sola dimensión, la de “vehículo avanzado”, simplifica en
exceso una casuística que, examinada en profundidad, resulta mucho más rica y
desconcertante.
EL RIESGO DE ENAMORARSE DE LA HIPÓTESIS
En el estudio del fenómeno OVNI ocurre algo muy humano, tendemos
a enamorarnos de nuestras teorías favoritas. Y una vez que adoptamos un marco
explicativo, reinterpretamos los casos para que encajen en él, y, además,
elevamos un complejo edificio de creencias que ya se sostiene sin apoyarse en
la casuística o en los datos. Por ejemplo, si son extraterrestres, entonces no
solo nos visitan, pueden estar aquí en misión de tutela, supervisando nuestro
desarrollo, e incluso nos protegerían de una hipotética guerra nuclear, y todo mientras
respetan algún tipo de “acuerdo cósmico” que les impide intervenir abiertamente
en civilizaciones menos avanzadas. Si son criptoterrestres, no solo
coexistirían con nosotros desde hace milenios, sino que habrían sido los
auténticos artífices de las pirámides y otros grandes monumentos enigmáticos de
la Antigüedad. Cada teoría genera así su propia arquitectura narrativa, un
universo coherente que se expande y se refuerza a sí mismo. Y, como no podía
ser de otra forma, cuanto más complejo y sugerente se vuelve ese edificio teórico,
más difícil resulta cuestionarlo desde fuera, porque ya no estamos ante una
simple hipótesis sobre luces en el cielo, sino ante un sistema de sentido que
ofrece respuestas certeras a quienes lo adoptan.
Por lo que mientras no examinemos todas y cada una de las
capas del fenómeno, incluidas las más incómodas, seguiremos edificando teorías
aparentemente sólida sobre cimientos que quizá nunca fueron los correctos.
La pregunta que deberíamos hacernos es: ¿Estamos entendiendo
bien qué es lo que estamos intentando explicar?
Prohibido la reproducción total o parcial del material incluido en el presente blog sin previa autorización del autor. Propiedad de José Antonio Caravaca.

No hay comentarios:
Publicar un comentario