sábado, 14 de febrero de 2026

OVNIS: CUANDO LA TEORÍA NACE ANTES QUE LA PREGUNT

 





Durante muchas décadas, el fenómeno OVNI ha sido un fértil terreno para que prosperen todo tipo de hipótesis e ideas de lo más variopintas. Visitantes extraterrestres, viajeros en el tiempo, criptoterrestres, animales atmosféricos y un sinfín de orígenes más han sido propuestos para explicar las misteriosas visiones de miles de personas en todo el mundo. El catálogo de planteamientos reunido es tan amplio, como asombroso.

Pero hay una pregunta que rara vez se pone sobre la mesa:
¿y si muchas de estas teorías están construidas sobre una interpretación preliminar, sesgada o simplificada del propio fenómeno?

Hay que tener en cuenta que gran parte de estas explicaciones sobre el fenómeno ovni tienen como cimientos una premisa muy sencilla, pero quebradiza, porque consideran que lo que se observa es una nave espacial de capacidades impensables para nuestra tecnología. Es decir, un artefacto construido por una inteligencia distinta a la humana Y resulta comprensible que, partiendo de la idea de “un vehículo avanzado” la mente dé el siguiente paso casi de forma automática: si es una máquina, alguien debe pilotarla; y si no son humanos, entonces ¿Quiénes son y de dónde provienen? A partir de ahí se despliega toda una batería de hipótesis. Y evidentemente todo vale. Todo es posible.

El problema no está en lo fascinante o “lógicas” que nos parezcan las hipótesis desde esa óptica. El problema es que todas parten de una interpretación concreta del fenómeno que no ha sido verificada por ningún medio, pero que se acepta sin dudar, o sea, que estamos ante una nave de chapa y tuercas con “seres” dentro. Aunque eso, siga sin demostrarse después de casi 80 años.

¿Y si esa suposición inicial ya condiciona toda la construcción posterior?

EL SESGO DE LA PRIMERA CAPA

El fenómeno OVNI, en su sentido más amplio, no es homogéneo y mucho menos coherente. Sin embargo, buena parte del discurso popular y teórico se apoya sobre una fracción muy concreta de la casuística, las observaciones de objetos luminosos o aparatos aparentemente mecánicos en el cielo. Es lo que podríamos denominar la “primera capa”: un concepto que nos hace volar la imaginación: luces, discos, triángulos, movimientos imposibles.

Pero, obviamente, la literatura ufológica es mucho más amplia y extraña que eso. Mucho más extraña. Cuando uno se adentra en los llamados encuentros cercanos, especialmente aquellos que incluyen interacción con ocupantes, y otros efectos anómalos, el escenario cambia de forma radical. El terreno se vuelve pantanoso. Ya no hablamos solo de “algo que vuela”. Aparecen, desaparecen, alteran el espacio y el tiempo, se muestran con mil formas, se comportan de forma absurda, atraen fenómenos paranormales, y además tienen incrustados muchas características de nuestra propia cultura. Y aquí es donde las teorías clásicas comienzan a mostrar grietas.

LA ALTA EXTRAÑEZA: EL ELEFANTE EN LA HABITACIÓN

Los encuentros cercanos constituyen, paradójicamente, el material más desconcertante y menos cómodo para las hipótesis convencionales. Por eso no se suele utilizar o se le pone una etiqueta distinta a los avistamiento lejanos. Si el fenómeno fuera simplemente la visita de exploradores cósmicos, ¿por qué los comportamientos descritos en muchos casos parecen tan erráticos, teatrales o incluso ilógicos? ¿Por qué la narrativa debería cambiar con la cultura y la época? 

Cuando se incluyen estos episodios en el análisis, el fenómeno deja de parecer exclusivamente como algo físico producto de la tecnología y comienza a adquirir un carácter mucho más complejo, ambiguo y escurridizo, entrando incluso en el pantanoso terreno de lo parapsicológico. Y esto no gusta a muchos estudiosos. No gusta nada.

Muchas teóricos de los OVNIS prefieren no lidiar con esta capa más incómoda y sencillamente la eliminan de la ecuación. Se centran en la parte aparentemente más sólida, el objeto en el cielo, en la lejanía, y poco más, se centran en el concepto, y construyen a partir de ahí una arquitectura explicativa coherente… pero indudablemente arbitraria.

¿EXPLICAMOS EL FENÓMENO O EXPLICAMOS NUESTRA INTERPRETACIÓN?

Aquí surge el punto de ruptura con todas estas hipótesis mecanicistas, no es lo mismo explicar el fenómeno que explicar nuestra interpretación del fenómeno. Si aceptamos que el OVNI es una “nave de origen desconocido”, ciertamente, las hipótesis clásicas encajan como un guante. Pero si admitimos que el fenómeno incluye elementos que desbordan lo puramente aeronáutico, por muy avanzado que sea, entonces quizá el problema esté mal planteado desde el inicio.

Tal vez no estamos ante un enigma tecnológico, sino ante una manifestación compleja que combina un fenómeno desconocido, que conlleva una importante alteración de la realidad, que provoca una percepción alterada en los testigos, y, quién sabe, que otros componentes aún no comprendidos.

Lo que parece claro, a estas alturas de la película, es que reducirlo todo a una sola dimensión, la de “vehículo avanzado”, simplifica en exceso una casuística que, examinada en profundidad, resulta mucho más rica y desconcertante.

EL RIESGO DE ENAMORARSE DE LA HIPÓTESIS

En el estudio del fenómeno OVNI ocurre algo muy humano, tendemos a enamorarnos de nuestras teorías favoritas. Y una vez que adoptamos un marco explicativo, reinterpretamos los casos para que encajen en él, y, además, elevamos un complejo edificio de creencias que ya se sostiene sin apoyarse en la casuística o en los datos. Por ejemplo, si son extraterrestres, entonces no solo nos visitan, pueden estar aquí en misión de tutela, supervisando nuestro desarrollo, e incluso nos protegerían de una hipotética guerra nuclear, y todo mientras respetan algún tipo de “acuerdo cósmico” que les impide intervenir abiertamente en civilizaciones menos avanzadas. Si son criptoterrestres, no solo coexistirían con nosotros desde hace milenios, sino que habrían sido los auténticos artífices de las pirámides y otros grandes monumentos enigmáticos de la Antigüedad. Cada teoría genera así su propia arquitectura narrativa, un universo coherente que se expande y se refuerza a sí mismo. Y, como no podía ser de otra forma, cuanto más complejo y sugerente se vuelve ese edificio teórico, más difícil resulta cuestionarlo desde fuera, porque ya no estamos ante una simple hipótesis sobre luces en el cielo, sino ante un sistema de sentido que ofrece respuestas certeras a quienes lo adoptan.

Por lo que mientras no examinemos todas y cada una de las capas del fenómeno, incluidas las más incómodas, seguiremos edificando teorías aparentemente sólida sobre cimientos que quizá nunca fueron los correctos.

La pregunta que deberíamos hacernos es: ¿Estamos entendiendo bien qué es lo que estamos intentando explicar?

 



JOSE ANTONIO CARAV@CA

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