lunes, 29 de diciembre de 2025

LOS OVNIS NO SON SOLO OBJETOS FÍSICOS, Y ESO LO CAMBIA TODO

 



Casi desde sus inicios, allá por el año 2011, la Teoría de la Distorsión ha estado rodeada de malentendidos, y en muchos casos, de una simplificación excesiva, lo que ha llevado a ciertos aficionados, lectores e incluso a algunos investigadores a desvirtuar por completo su contenido.

Con frecuencia se la ha etiquetado de forma apresurada como una explicación puramente escéptica o psicológica del fenómeno OVNI, reduciéndola a una cuestión de alucinaciones o construcciones mentales sin base física ni externa. Esto hace que quienes critican la teoría crean que es fácil desacreditarla, precisamente porque parten de la idea de que no está apoyada en la casuística ni en el conocimiento del fenómeno OVNI, como si quien la formuló lo hubiera hecho a espaldas de los casos, los testimonios y las evidencias acumuladas a lo largo de décadas. De ahí que, casi de inmediato, surjan siempre las mismas preguntas retóricas intentando dejar en evidencia esta tesis: ¿Y cómo explica la Distorsión las huellas en el terreno, las fotografías o que otras personas también lo vean?, cuestiones que en realidad delatan más un desconocimiento del contenido real de la Distorsión que una refutación.

El error proviene de una lectura superficial de la Teoría de la Distorsión y de no comprender plenamente su idea principal, que dice que los OVNIS no son solo fenómenos físicos, sino que poseen una importante dimensión psíquica que no puede ignorarse. Pero esto no quiere decir que su explicación sea exclusivamente mental, ya que es precisamente esa condición híbrida, física y psíquica de las manifestaciones ufológicas, la que resulta incómoda y difícil de encajar dentro de nuestras expectativas sobre una visitación extraterrestre, y lo que cambia por completo nuestra manera de enfrentarnos al fenómeno. Y de hecho estos aspecto extremadamente extraños es lo que ha llevado a una completa confusión a la hora de abordar el estudio y comprensión del fenómeno, y la causa que llevemos casi 80 años intentando desentrañar su misterio sin habernos acercado a su núcleo.


UN ORIGEN EXTERNO: LAS DOS FASES DEL FENÓMENO

El primer punto que conviene dejar claro, y que suele ser el más tergiversado, es que la teoría de la Distorsión defiende la existencia de un origen externo e independiente del ser humano. No estamos hablando de alucinaciones, proyecciones mentales ni construcciones simbólicas nacidas exclusivamente de la psique del testigo. El fenómeno existe ahí fuera, con características propias, previas a cualquier observación humana. Es decir, no necesita al testigo para manifestarse, aunque sí para adquirir forma en determinadas circunstancias que es un matiz importante en esta tesis.

Desde este enfoque, el fenómeno puede entenderse en al menos dos fases claramente diferenciadas:

1. LA FASE AUTÓNOMA

En esta etapa, la manifestación se produce de manera independiente del observador. Si rastreamos en la literatura sobre encuentros sobrenaturales o extraordinarios encontramos patrones recurrentes: luminarias inexplicables, luces erráticas o fogonazos, sensación intensa de presencia, comunicación telepática con “algo desconocido”, siluetas extrañas o formas indefinidas, sonidos extraños...

Estas características parecen propias del fenómeno en sí, más allá de la cultura, la época o las creencias del testigo. Por ello, las manifestaciones anómalas parecen existir al margen de nuestra propia presencia.

2. FASE DE INTERERACCIÓN

Es aquí donde entra en juego lo que denominamos Distorsión. En un momento determinado de la experiencia se produce una interacción directa entre el fenómeno y la mente del testigo, una interacción que no es casual ni uniforme, sino que depende de varios factores como puede ser la proximidad física, la duración del contacto, el grado de implicación emocional y, sobre todo, las capacidades psíquicas de cada individuo. En ese punto, el fenómeno parece reaccionar a la presencia humana incorporando a su manifestación elementos reconocibles, extraídos del imaginario personal y colectivo del testigo, como si necesitara traducirse a un lenguaje simbólico comprensible para la mente humana. Por tanto, la apariencia que percibimos del fenómeno, especialmente cuando adopta elementos que nos resultan familiares o están vinculados de algún modo a nuestra cultura, no es casual. Se trata de una especie de “colaboración encubierta”, un collage, entre el testigo y la manifestación, donde nuestra mente participa, de manera sutil, en la construcción de la escena, moldeando tanto su contenido visual como narrativo. Históricamente, este proceso ha dado lugar a interpretaciones en clave religiosa o sobrenatural de estos fenómenos: ángeles, demonios, duendes, apariciones marianas, la Santa Compaña o seres feéricos de todo tipo. En la era contemporánea, ese mismo mecanismo de adaptación o de filtrado adquiere formas acordes con nuestro contexto tecnológico, materializándose como platillos volantes y astronautas de otros mundos. No es, por tanto, el fenómeno el que cambia su naturaleza o su esencia de manera intencionada para manipularnos o engañarnos, sino que esa variación depende en gran medida de la capacidad del observador para encajar lo que está presenciando dentro de un sistema de creencias que le permita dar sentido a algo, en principio, incomprensible. Estaríamos hablando que los testigos crean una pantalla o interferencia entre el fenómeno y su sistema cognitivo, que quizás impide nuestra recepción adecuada del mensaje, la enorme extrañeza, la aparente ilógica y el sinsentido de estas manifestaciones, que no parecen perseguir otro objetivo que provocar confusión, sorpresa o desconcierto.


¿SIGNIFICA ESTO QUE TODO OCURRE A NIVEL PSICOLÓGICO?

Rotundamente, no.

La teoría de la Distorsión no niega la fisicalidad del fenómeno. Al contrario: sostiene que estamos ante algo que posee una doble naturaleza, física y psíquica. Esa condición dual explicaría por qué puede interactuar con el entorno material, dejando huellas, produciendo efectos electromagnéticos, siendo observado o incluso fotografiado, además de provocar efectos fisiológicos sobre los testigos, pero, al mismo tiempo, es capaz de estableces una conexión profunda con la mente humana y desenvolverse en una dimensión intermedia donde lo externo y lo interno parecen solaparse.

La escasez de documentación gráfica concluyente tras más de ochenta años de observaciones no sería una prueba de la incompetencia de los fotógrafos, sino una pista clave de que el fenómeno opera dentro de rangos de realidad distintos a los habituales, lo que dificulta su registro bajo nuestros parámetros tecnológicos convencionales.


UN FENÓMENO COMPARTIDO… PERO INESTABLE

Uno de los aspectos que más debate ha generado en torno a la teoría de la Distorsión es la idea, bastante extendida, de que estaría defendiendo que se trata de un fenómeno estrictamente privado, y por tanto enmarcado dentro de la psicológica. Esta interpretación ha llevado a pensar que todo ocurre solo en el interior de la mente de una persona, como si se tratara de una experiencia subjetiva. Sin embargo, esta lectura no se ajusta a lo que realmente plantea la teoría.

Lejos de negar la realidad externa del fenómeno, la teoría de la Distorsión propone algo más complejo, ya que lo observado puede ser visto por varias personas a la vez, aunque no siempre de la misma manera, dando lugar a una experiencia común pero marcada por una notable inestabilidad perceptiva. Aunque la Distorsión se active en la interacción con un testigo concreto, la manifestación no queda confinada a su mente ya que estamos tratando con un fenómeno externo. Otras personas presentes pueden observarla, lo que descarta de raíz la idea de que se trate de una alucinación. Sin embargo, como indican cientos de incidentes las descripciones varían notablemente de un testigo a otro como señalando que lo observado es voluble. Este rasgo es común a todo tipo de apariciones consideradas “sobrenaturales” a lo largo de la historia. El fenómeno está ahí, pero sigue manteniendo un vínculo activo con la forma en que cada observador lo percibe e interpreta. Incluso parece que hay gente que se mantiene al margen sin que su mente sea capaz de procesar de ninguna forma la experiencia. Pero hay que dejar claro que no estamos hablando de un sesgo cognitivo al uso, sino que la manifestación reacciona a la interacción psíquica con los testigos cambiando y adecuando su forma externa a las características y detalles suministrados por el inconsciente de los observadores. Un ejemplo. Imaginemos el fenómeno OVNI no como un objeto con una forma fija, sino como una especie de materia “blanda”, comparable a una masa de arcilla que aún no ha sido moldeada. No es que el testigo se equivoque al mirarla ni que su mente proyecte una imagen por error, no hablamos de pareidolia ni de un simple sesgo cognitivo, que haría que el objeto en origen no hubiera cambiado, sino que esa “arcilla” adopta una determinada forma en el mismo momento en que entra en contacto con la conciencia del observador. En lugar de ser un “objeto” estático, la manifestación altera su propia estructura externa para encajar con la "biblioteca mental" de cada individuo.


LA BURBUJA DE IRREALIDAD

Uno de los aspectos más desconcertantes y, al mismo tiempo, más reveladores de la naturaleza parapsíquica del fenómeno es la sensación recurrente que describen los testigos de quedar momentáneamente apartados de la realidad cotidiana mientras tiene lugar la manifestación. Durante la experiencia, muchos observadores relatan la impresión de que a su alrededor se crea una especie de burbuja de irrealidad o campana de silencio, como si el entorno habitual quedara suspendido o aislado del resto del mundo.

Se han registrado numerosos encuentros junto a carreteras donde, de manera inexplicable, no pasa ningún vehículo. De igual modo, hay manifestaciones ufológicas, incluso encuentros cercanos en zonas habitadas que, a pesar de su llamativa presencia, no dejan más testigos. Todo ocurre como si el fenómeno creara un escenario propio, separado del flujo normal de la realidad cotidiana.

Es como si el testigo, o los testigos, entraran en un cine de repente, y sin previo aviso, donde se proyecta una “película” que solo ellos pueden ver en ese momento. La experiencia se percibe como completamente real, intensa y tangible, pero nadie más puede acceder a esa “sala” hasta que la proyección termina. Cuando la “película” concluye, la realidad compartida vuelve a fluir con normalidad, como si nada hubiera sucedido. Lo curioso es que, más allá de las sensaciones o algunos detalles percibidos, el testigo no podría señalar en qué ha cambiado la realidad de un instante a otro, aunque en muchas ocasiones hay evidentes alteraciones en el flujo del tiempo (más despacio o rápido según el caso). Curiosamente estos aspectos inciden en la idea de un estado alterado en la mente de los testigos que suelen llevar asociados estas anomalías.


¿ESTAN LOS OVNIS INCRUSTADOS EN NUESTRA REALIDAD?

La teoría de la Distorsión no ofrece respuestas al uso ni explicaciones cómodas al fenómeno OVNI, de esas que suelen resultar más atractivas al público porque encajan a la perfección con lo que esperamos oír sobre la existencia civilizaciones extraterrestres o seres de otras dimensiones.

Al contrario, este planteamiento nos obliga a aceptar que las manifestaciones ufológicas no encajan en categorías simples, ni es únicamente físico, ni exclusivamente mental, ni totalmente objetivo, ni puramente subjetivo. Quizá por eso genera rechazo. Porque cuestiona nuestras ideas sobre la realidad, la percepción y el papel del ser humano como observador no pasivo ante estas manifestaciones. Es indiscutible a estas alturas que el fenómeno tiene un alto componente parapsíquico que resulta incomprensible y que no hemos sido capaces de verificar mediante el método científico convencional. Resulta especialmente significativo que un gran número de testigos relaten de manera reiterada que las manifestaciones parecen anticiparse a sus pensamientos o incluso responder a ellos. Este conjunto de testimonios refuerza la idea de una conexión profunda entre mente y fenómeno, donde el psiquismo humano y la realidad externa no actúan como compartimentos estancos, sino que se entrelazan de manera asombrosa.

Tal vez el verdadero reto al que nos enfrentamos no sea tanto descubrir qué es exactamente el fenómeno OVNI, sino comprender hasta qué punto sus incursiones influyen y dejan huellas en nuestra conciencia.

En los tiempos que corren, las experiencias visionarias suelen mirarse con escepticismo, casi como algo ajeno a la realidad empírica y más propio de épocas de superstición regidas por creencias sobrenaturales o religiosas. Sin embargo, si hay algo que parece claro es que, desde hace siglos, el ser humano ha sido capaz de entrar en contacto con porciones del universo que parecen poseer algún tipo de inteligencia, como si intentaran transmitir un mensaje o propiciar una transformación, una ampliación o mejora de nuestra propia conciencia. Hay esta la clave, mucho más que perder el tiempo en la hipnótica escenografía de estas manifestaciones, que puede ser que no tenga otro objetivo que hacer “digerible” esta nueva arrolladora realidad.

 



JOSE ANTONIO CARAV@CA


Prohibido la reproducción total o parcial del material incluido en el presente blog sin previa autorización del autor. Propiedad de José Antonio Caravaca.



jueves, 25 de diciembre de 2025

ENCUENTROS CERCANOS CON OVNIS: ¿EXISTE REALMENTE UNA VINCULACIÓN PSIQUICA CON EL FENÓMENO?


 



A estas alturas tengo claro que hablar de OVNIs no es lo mismo que hablar de platillos volantes. Aunque en el imaginario colectivo ambos términos se superponen, y son prácticamente lo mismo, conviene marcar una diferencia esencial desde mi punto de vista. Los OVNIs —objetos voladores no identificados— constituyen, como indican sus propias siglas, una categoría muy amplia y ambigua de cosas, que abarca desde fenómenos meteorológicos, globos, malas interpretaciones, hasta tecnología desconocida. En cambio, los platillos volantes, especialmente su categoría de los llamados “encuentros cercanos”, o sea los casos a dos palmos de las manifestaciones, implican una serie de eventos de alta extrañeza, que es imposible asociar estas experiencias a algo convencional. Lo visualizado en estas crónicas excede por completo el rango de lo conocido en el mundo normal.

Aunque lo más desconcertante, sin embargo, no es solo la forma nada usual o comportamiento desconcertante del fenómeno, sino la aparente relación que mantiene con la psique del observador. Como si ambos estuvieran conectados por un hilo invisible.

Desde los inicios de la investigación ufológica moderna se ha documentado una sospechosa sincronía entre el fenómeno y el testigo. El primer aspecto anotado fue que algunos platillos volantes parecían anticiparse a las acciones humanas, leer pensamientos, e incluso inducir a las personas a estar en el lugar y momento exactos del encuentro, controlando por completo su voluntad.

Este inquietante patrón no se limita a la ufología. Aparece también en otras experiencias extraordinarias a lo largo de la historia: visiones marianas, apariciones místicas, encuentros con seres de la tradición popular o fenómenos forteanos, lo que refuerza la idea de que estamos ante un mismo fenómeno que se filtra de diferentes formas debido precisamente a esa conexión mental. La percepción de los observadores parece estar influencia por su propio contenido inconsciente haciendo que la escenografía sea altamente mutable y que se asocie a determinadas creencias o épocas. Como si las manifestaciones se personalizaran en cada ocasión en función de su conjunción con los observadores y el material psíquico puesto en juego. Se podría hablar de una experiencia liminal, en el sentido en que la conciencia del testigo se desplaza de su estado ordinario y entra en una zona ambigua, a medio camino entre lo real, lo simbólico y lo trascendente

Pero podemos seguir buceando en la literatura ufológica en busca de más pistas de esta intromisión psíquica del fenómeno. Numerosos testigos han relatado que los denominados ufonautas se comunican mediante telepatía, o en algunos casos, a través de formas de transmisión de carácter no verbal. Este detalle, aunque frecuentemente citado con una naturalidad pasmosa por los ufólogos, encierra una complejidad notable que rara vez se aborda en profundidad. La posibilidad de establecer una comunicación telepática fluida no es, en absoluto, un proceso sencillo o directo. Para transmitir información mental de forma precisa, sería necesario un conocimiento detallado del funcionamiento neuropsicológico del receptor: desde las frecuencias cerebrales en las que opera la conciencia humana, hasta la estructura simbólica, lingüística y cultural que configura su pensamiento. No basta con “enviar un mensaje mental”; ese mensaje debe codificarse en un lenguaje comprensible, atravesar posibles filtros emocionales o cognitivos, y ser decodificado por el cerebro del testigo en términos coherentes. Esto plantea interrogantes de enorme calado: ¿quién —o qué— posee tal nivel de conocimiento sobre la mente humana como para comunicarse con ella? ¿Y por qué esa comunicación se da en términos que parecen adaptarse a la comprensión del testigo, a veces incluso recurriendo a símbolos arquetípicos o culturales específicos? ¿Acaso el fenómeno está emparentado con nuestra conciencia de alguna manera?

Pero hay más.

Otro dato interesante para nuestro estudio es que muchos testigos tienen la sensación de que la presencia de estas manifestaciones, independientemente de su contexto o etiqueta sobrenatural, inducen profundos y diversos estados alterados de conciencia. Son innumerables los incidentes donde los observadores parecen caer en una especie de trance, sopor, o en un estado de percepción no habitual que parece incitado por el fenómeno. Los estudiosos han reportado la existencia de una especie de "campana de silencio", una burbuja donde el mundo exterior parece quedar suspendido. Un silencio absoluto envuelve el entorno, y da la impresión de que incluso las personas cercanas han desaparecido sin dejar rastro. Y es que este es uno de los aspectos más frecuentes en los informes de encuentros cercanos. Infinidad de testigos relatan que han sufrido una alteración espacio temporal durante su experiencia que se deriva en lapsos perdidos, tiempo que se acelera o se detiene o eventos que ocurren “fuera del tiempo”. Los diferentes estudiosos explican este curioso fenómeno desde dos perspectivas fundamentales: o bien la manifestación altera el continuo espacio-temporal, o bien la conciencia del testigo entra en un estado no ordinario que el tiempo deja de percibirse linealmente, como ocurre en sueños, en hipnosis o, incluso en experiencias místicas. Esto refuerza la hipótesis de que el fenómeno no sólo ocurre "fuera", en el cielo o en el campo frente a los ojos de los observadores, sino que tiene una desconcertante dimensión psíquica.

Otro aspecto fascinante es la versatilidad del fenómeno. Las descripciones de las naves y sus ocupantes varían drásticamente entre testigos, incluso en casos geográficamente cercanos o contemporáneos. No hay una tipología estable ni coherente. La estética parece adaptarse a la mente del testigo, como si el fenómeno se moldeara en tiempo real según el bagaje cultural, psicológico o simbólico de cada persona. Esta plasticidad sugiere que no estamos ante una tecnología objetiva y externa, sino ante una experiencia inmersiva que incluye un componente proyectivo: lo que se ve es, en parte, lo que se espera, teme o imagina cada individuo. Este hecho refuerza sin duda la conexión entre mente y fenómeno.

Esto sugiere un mecanismo de control mental que pone en entredicho la naturaleza misma del fenómeno como un ente totalmente ajeno e independiente a los testigos. ¿Estamos hablando de tecnología avanzada o de una manifestación cuyo canal de comunicación principal es la mente humana?

Pero sin duda, uno de los aspectos más singulares y menos abordados es la interrupción abrupta del contacto, y que vincula directamente las experiencias ufológicas con otras manifestaciones anómalas, como las apariciones marianas o los encuentros con entidades y seres sobrenaturales a lo largo de la historia, es la posibilidad de interrumpir el contacto de forma súbita y unilateral. Diversos testimonios coinciden en que la manifestación puede desaparecer bruscamente, como se si apagara un televisor, si el testigo comienza a recitar plegarias, mantras, oraciones, conjuros o simplemente demuestra una fuerte voluntad de ruptura. Este detalle es clave, ya que sugiere que lo observado en estas experiencias se manifiesta a través de la mente humana y solo permanece mientras exista una comunicación continua y sin interrupciones. Curiosamente las antiguas narraciones de apariciones sobrenaturales: desde la Santa Compaña hasta entidades demoníacas o criaturas fantásticas, relatan que el ser humano podía invocar símbolos religiosos o mágicos para defenderse o interrumpir la visión.

 

Vista desde esta perspectiva, los crónicas de encuentros cercanos con platillos volantes abren la puerta a otro tipo de hipótesis, alejadas de la idea de simples incursiones aéreas de origen alienígena. Estos episodios parecen estar profundamente ligados a la percepción, la conciencia y a la compleja relación entre el observador y este fenómeno ancestral. La ausencia de tipologías fijas, junto con la aparente capacidad de las manifestaciones para interferir directamente con la mente del testigo, sugiere que no estamos ante unas escenografías meramente físicas, sino ante una experiencia psíquica profunda e inmersiva, que adopta la apariencia de un suceso externo tal vez como una forma simbólica de comunicarse o de reflejar aspectos ocultos de la psique individual o colectiva. Si logramos seguir ese hilo invisible que nos conecta al fenómeno es probable que hallemos algunos respuestas.

En este sentido lo que se manifiesta en estos encuentros extraordinarios podría entenderse como una distorsión cultural cargada de simbolismo, una especie de espejo de feria donde convergen mitos, creencias y percepciones colectivas. Más allá de revelar aspectos de un fenómeno aún indefinido, estas experiencias parecen servir como lienzos en blancos para proyectar hacia el exterior capas profundas de la conciencia humana. Es como si, en determinados estados de percepción, la psique en conjunción con este fenómeno encontrara una vía para comunicarse con el exterior, desafiando nuestras categorías habituales de lo real.

 



JOSE ANTONIO CARAV@CA


Prohibido la reproducción total o parcial del material incluido en el presente blog sin previa autorización del autor. Propiedad de José Antonio Caravaca.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



martes, 2 de diciembre de 2025

LA DISTORSION, EL INCONSCIENTE COLECTIVO Y EL AGENTE EXTERNO COMO MOTORES DE LAS EXPERIENCIAS EXTRAORDINARIAS

 



¿Podría un agente externo desconocido utilizar una conexión psíquica con los testigos para manifestarse en nuestra realidad fusionando lo personal y lo universal en una experiencia que varía según cada perceptor?

La respuesta a esta pregunta podría acercarnos a una comprensión más profunda de los fenómenos forteanos y ufológicos y, por supuesto, lo más interesante a un mejor entendimiento de nuestra propia conciencia, como quizás el canal imprescindible para interpretar estas señales y navegar a través de ellas.

Lo primero que habría que dilucidar  es si nuestra psique es un artefacto aislado, si trabaja sola para interpretar la realidad que la rodea, o si por el contrario está abierta a utilizar herramientas externas que permitan actualizar o expandir su antena decodificadora. Hace décadas el genial psicoanalista Carl Jung introdujo un interesante elemento en el debate sobre las visiones extraordinarias que ayudaba a comprender ciertos aspectos. Me refiero al inconsciente colectivo, sin duda una de las propuestas más fascinantes del psicólogo suizo Carl Gustav Jung. El concepto del inconsciente colectivo, tal como lo formuló Jung ha sido tradicionalmente entendido como un depósito de arquetipos y experiencias comunes para toda la especie humana. Los arquetipos son imágenes, ideas o símbolos que están presentes en las mentes de todos los seres humanos, independientemente de la época o el lugar en el que hayan vivido. Por esa cuestión, mitos, creencias o leyendas muy similares pueden aparecer en culturas que nunca tuvieron contacto entre sí. Algo así como un depósito intangible que cualquier ser humano puede “sintonizar” bajo determinadas circunstancias. Incluso Jung otorgaba cierta independencia, inteligencia o resortes automáticos a este gran ente para actuar en beneficio de la humanidad llegado el caso de un extremado stress social. Jung sostenía que el inconsciente colectivo era un sistema de emergencia que se activaba para equilibrar situaciones límites como un docto terapeuta. Es como si este inconmensurable campo psíquico tuviera la capacidad de intervenir y recordarnos quiénes somos, reconectándonos con esas verdades profundas que han acompañado a la humanidad desde el principio de los tiempos. Sin embargo, considero que esta visión del inconsciente no debería interpretarse literalmente como un "banco de datos" o un "archivo etéreo" accesible desde el exterior o hackeable por una fuente externa, sino más bien como una enorme red, una especie de resonancia psíquica compartida entre los seres humanos mediante un vínculo aún indeterminado, lo que permite que ciertos arquetipos e ideas emerjan de manera natural a través de las personas, sin intervención directa. 

En mi propuesta teórica, sostengo que los fenómenos anómalos, como los encuentros cercanos con OVNIs, la apariciones marianas o las visiones  paranormales, no son únicamente externas ni puramente internas. En cambio, estas manifestaciones surgen de una interacción compleja entre un agente externo desconocido y el psiquismo individual del testigo en un intento, de este último, por decodificar una nueva realidad que se abre paso de forma inesperada y asombrosa ante nuestros sentidos. Este agente utiliza los contenidos mentales de la persona, es decir, sus creencias, símbolos y arquetipos, para construir la estética de lo observado, pero lo hace de manera distorsionada. En otras palabras, lo que el testigo percibe es una versión alterada o transformada de la información que reside en su propio inconsciente, lo que da lugar a una manifestación única y personalizada del fenómeno, pero que evidentemente tienen rasgos socioculturales y patrones perfectamente reconocibles insertados en la escenografía, tanto en lo visual como en lo narrativo. En todo punto podríamos considerar esta intromisión como una “arquitectura psíquica” capaz de, no solo interferir de diversas maneras con el organismo humano, sino incluso interactuar con la materia del entorno, o producir efectos cuantificables en ocasiones análogos a los de los objetos físicos. En este contexto, considero que ese denominado agente externo no accede al inconsciente colectivo como si fuera una base de datos concreta y organizada que consulta como un libro abierto, sino que interactúa con el psiquismo individual de una manera que permite sintonizarse con esa posible resonancia psíquica compartida. En lugar de extraer información de forma directa del inconsciente colectivo, este agente externo manipula o se hace visible a través de ese bagaje personal del testigo, aprovechando su capacidad para conectar con los arquetipos universales que están presentes en ese vasto campo psíquico que es el inconsciente colectivo. De esta forma, la experiencia resultante, sobre todo a nivel estético, es fruto de una compleja combinación entre lo personal y lo colectivo, filtrada y modulada en últimas instancias por la psique humana. Por lo que deberíamos de olvidar que el fenómeno tenga una voluntad de ocultar o camuflar su apariencia mediante estas interfases con la mente de los testigos. Además, creo que la cantidad y calidad de información accesible y utilizable, más allá de lo superfluo de la cascara que envuelve estos mensajes, o sea la escenografía extraterrestre o mariana, por ejemplo, depende del "terminal", es decir, la persona misma. Cada individuo tiene una capacidad única, no solo para sintonizar con los arquetipos del inconsciente colectivo, sino para manejar lo imaginal en el proceso de construcción cognitiva. No todos los testigos son capaces de interactuar de la misma forma con el agente externo. Lo que implicaría que no todos los sujetos enfrentados estas manifestaciones experimentan el fenómeno de la misma manera. En algunos casos, ciertos testigos parecen estar más predispuestos a acceder a experiencias más complejas e intensas debido a su mayor sensibilidad o resonancia con este inconsciente colectivo. Es muy probable que este agente externo cuando irrumpe en nuestra realidad trabaje en la misma frecuencia que nuestra psique, produciendo algún tipo de interferencia o comunicación extrema dependiendo del grado de interacción con los testigos. Esto explicaría por qué algunas personas tienen experiencias mucho más detalladas o impactantes que otras, lo cual depende de su grado de conexión con esta nueva realidad expandida arrastrada por el agente externo hasta nuestro mundo ordinario.

En resumen, considero que el inconsciente colectivo no es un espacio accesible de forma directa, ni una biblioteca mental al uso, sino más bien un vínculo psíquico compartido que emerge naturalmente a través de los individuos. El agente externo no actúa como un hacker que roba información del inconsciente colectivo, sino que interactúa con el psiquismo del testigo, provocando una resonancia con los arquetipos y símbolos universales, lo que facilita la creación de determinados estereotipos del mundo sobrenatural, religioso, forteano o ufológico. Esta interacción genera una distorsión que transforma la experiencia en algo único y personal cargado con factores socioculturales. La intensidad y el carácter de esta experiencia dependen en gran medida de la capacidad del individuo para sintonizarse con el agente externo. Esta reinterpretación de las manifestaciones anómalas aporta una nueva dimensión a la Teoría de la Distorsión, abriendo la posibilidad de que el agente externo utilice nuestra conexión psíquica con el inconsciente colectivo para manifestarse de formas que combinan lo personal y lo universal en una experiencia arrebatadora para los sentidos. Este enfoque plantea interrogantes profundos sobre la naturaleza de los fenómenos anómalos y la estructura de la mente humana, lo que no lleva a una exploración más profunda de las conexiones entre el inconsciente colectivo, el agente externo y estas manifestaciones que tanto han intrigado al ser humano desde los albores de la historia.





JOSE ANTONIO CARAV@CA


Prohibido la reproducción total o parcial del material incluido en el presente blog sin previa autorización del autor. Propiedad de José Antonio Caravaca.




domingo, 2 de noviembre de 2025

¿SON LOS OVNIS UN PARADIGMA COGNITIVO CUYA REALIDAD FISICA ES SOLO PRODUCTO DE UN EPIFENOMENO?

 





Desde hace décadas numerosos investigadores creen que el fenómeno OVNI se parapeta detrás de un excelso camuflaje para engañar y manipular a los testigos con fines y propósitos que no comprendemos. Lo hizo hace siglos con las manifestaciones de hadas, duendes, criaturas sobrenaturales y apariciones marianas, y en pleno siglo XX logró mimetizarse bajo la etiqueta de visitantes extraterrestres. Pero; ¿estamos ante un fenómeno inteligente que elige a la perfección su rol para presentarte a los humanos? o ¿por el contrario estamos ante un desconcertante paradigma cognitivo que evidentemente se muestra con "disfraces" socioculturales presentes en cada época de su actuación?

Que todas la apariciones de entidades extrañas que a lo largo del tiempo han interactuado con el ser humano hayan sido tan eximias y "engañosas" en sus comunicaciones, y que hayan ofrecido tan pocas pruebas sobre su existencia, es un indicio muy interesante, y a tener muy en cuenta, de que todas estas insólitas manifestaciones puedan tener un mismo y único origen y sobre todo una incidencia directa sobre la psique de los testigos, lo que indicaría que lo que observamos no existe independientemente de los observadores, al menos en el resultado final de la manifestación que aparece ante nuestros ojos. Por lo que habría que distinguir en primer lugar entre el fenómeno (en origen), y lo manifestado frente a los testigos (los incidentes), que probablemente sean dos cosas bien distintas, como lo puedan ser el artista (la persona) de su obra pictórica (los cuadros).

Que el contenido de todas estas manifestaciones tenga un trasfondo tan humano (perfectamente reconocible), tanto en lo visual como en lo narrativo, es otra clave que nos indica la participación encubierta de la psique de los testigos en la conformación de las experiencias, ayudando a su elaboración de forma inconsciente. A casi nadie se le escapa el hecho de que los ufonautas tengan un guardarropa tan parecido al nuestro o que incluso tengan ordenadores, palancas o barandillas idénticas a las nuestras.

Además, es muy posible que la dificultad para documentar estos fenómenos tenga que ver con su naturaleza ambigua, situada a medio camino entre lo psíquico y lo físico. Eso hace que sea complicado obtener pruebas abundantes, incluso cuando su presencia se siente totalmente “real” e incuestionable para quienes la experimentan. Pero esto no significa que el fenómeno sea ilusorio ni que no pueda irrumpir en nuestra realidad de manera tangible, provocando efectos físicos y fisiológicos. Más bien actúa de un modo distinto a todo lo que conocemos, aunque sus consecuencias, a ojos del testigo, resulten tan reales como las de cualquier suceso ordinario. Quizá ahí, en esa extraña forma de manifestarse, esté una de las claves para comprender el paradigma OVNI.

¿Son los OVNIS un fenómeno cuya naturaleza escapa de los limites convencionales de nuestra dimensión cognitiva? No me refiero a una naturaleza interdimensional tal y como la defienden y conciben muchos estudiosos desde hace años, con entidades saltando a través de portales, sino que el fenómeno OVNI procede de zonas remotas a las que puede acceder nuestra mente en determinados estados de conciencia, independientemente que lo manifestado en esta exploración de una nueva “realidad” pueda hacerse momentáneamente visible y tangible en nuestra dimensión. Y es por la participación de nuestra psique que el contenido de todos los encuentros con seres y entidades tienen enormes implicaciones culturales humanas y aspectos sumamente absurdos y caóticos, como los ofrecidos por el universo de los sueños o, por ejemplo, incluso los trastornos mentales y los estados febriles. Pero esto no quiere decir, que los OVNIS sean algo estrictamente mental (entendido esto como algo irreal o ilusorio), sino todo lo contrario, pero es muy probable que su naturaleza pueda estar más cerca de la "materia" que componen nuestros sueños que a una chapa o tornillos de metal. Esto no resta ni misterio, ni extrañeza al paradigma, tan solo redirige la atención hacia otros aspectos más desconocidos y considerados sin importancia hasta la fecha. Siempre hemos pensado que lo material, lo tangible, lo medible, lo cuantificable, solo aquello que podemos meter en una probeta de laboratorio o tocar, es lo auténticamente real e incuestionable. Pero probablemente los encuentros con ovnis y otros hechos forteanos señalan en otra dirección.

Quizá exista otra forma de explorar el universo distinta de la estrictamente científica que hemos adoptado como única vía válida para entender lo que nos rodea. La presencia de los OVNIs y de otras anomalías similares sugiere algo inquietante e interesante a la vez: que la psique humana no es un simple producto biológico del cerebro, sino una puerta capaz de acceder a más información del universo de la que nos llega por los sentidos habituales. En ese estado ampliado, la conciencia parece interactuar con un fenómeno que muestra un comportamiento inteligente y que se nos presenta mediante una “escenografía” extremadamente flexible, moldeada en parte por nuestra propia participación. Y, a su vez, esa interacción encubierta de los testigos parece activar capacidades latentes dentro de nosotros.

Nos encontramos, por tanto, ante una manifestación que se mueve en una extraña dualidad entre lo psíquico y lo físico, lo que explica por qué resulta tan difícil obtener respuestas mediante los métodos convencionales. Solo cambiando la forma en que nos acercamos al fenómeno podremos aspirar a comprenderlo. Y quizá debamos aceptar que su dimensión física, tan valorada por muchos, podría no ser un atributo esencial del fenómeno, sino simplemente un efecto secundario de cómo este interactúa con nuestra psique dentro de nuestro entorno.

Ya que los OVNIs, en definitiva, serían porciones de una realidad que se “inserta” dentro de la nuestra, más estable y ordenada. Una realidad cargada de información sobre nosotros mismos y el universo que no termina de llegar hasta nosotros con claridad debido a las interferencias sensoriales. Esa traducción imperfecta es la que, a lo largo de la historia, hemos nombrado de mil maneras: OVNIs, daimones, ángeles, dioses… y extraterrestres…

 

 

 JOSE ANTONIO CARAV@CA


Prohibido la reproducción total o parcial del material incluido en el presente blog sin previa autorización del autor. Propiedad de José Antonio Caravaca.



sábado, 1 de noviembre de 2025

EL FRACASO DE LA HIPÓTESIS EXTRATERRESTRE

 


Corría el verano de 1947 y el mundo, recién salido de la devastadora Segunda Guerra Mundial, miraba al cielo con una mezcla de esperanza y curiosidad ante el rumor de la llegada de unas extrañas aeronaves. En plena era atómica y con el sueño de conquistar el espacio, la idea de que otros seres pudieran llegar desde lejanos planetas era casi inevitable.

Los primeros testigos que dieron la voz de alarma describían “platillos volantes”, “naves con luces” o “máquinas en forma de cigarro”. Aquello tenía algo de industrial, casi mecánico. Eran tiempos en que lo “avanzado” era lo tecnológico, lo metálico, lo tangible, lo que podía tener “chapa y tornillos”. El hombre acababa de crear los primeros aviones supersónicos y cohetes intercontinentales, y la imaginación proyectó esas mismas ideas en los cielos.

La hipótesis extraterrestre (HET) nació en ese contexto: si veíamos máquinas desconocidas, debían venir de otro planeta. Era la interpretación más lógica dentro del paradigma científico y cultural del momento: un universo físico, medible y lleno de mundos habitables. En definitiva aceptar y abrazar la literalidad de los relatos sin cuestionar nada. A medida que la ciencia avanzaba, con el descubrimiento de exoplanetas, las misiones espaciales y el desarrollo de la astronomía moderna, la narrativa ovni se fue ajustando, remodelando. Los viejos relatos de “platillos volantes” procedentes de Venus o  Marte empezaron a sonar ingenuos frente a una civilización que ya lanzaba robots al árido plantea rojo y sondas más allá del sistema solar.

Los ufólogos de nueva generación entendieron que, si querían seguir siendo escuchados, necesitaban “evolucionar” e integrar nuevos matices a sus planteamientos. Y no bastaba con expandir los orígenes lejos de lo confines de lo conocido más allá de la frontera de Plutón. Sus defensores comenzaron a usar conceptos como dimensiones invisibles, universos paralelos o agujeros de gusano para explicar cómo los visitantes podían llegar hasta aquí sin vulnerar las leyes de la física conocidas. La hipótesis extraterrestre, antaño mecánica y tangible, se volvió algo más abstracta para no entrar en colisión con lo recogido en los archivos de los investigadores. 

Lo que en un principio surgió como una idea llena de expectativa fue tornándose en algo más sombrío a medida que se elaboraba un complejo entramado “teórico” en torno a esa premisa. Los presuntos visitantes no solo traían máquinas futuristas repletas de luces de colores, sino también propósitos. Y propósitos nada claros. Las proclamas iniciales de los contactados que avisaban que los alienígenas habían llegado para avisarnos del peligro nuclear quedó algo descafeinado. Las historias de abducciones empezaron a llenar los periódicos y libros a partir de los años 60, pero se desarrollaron sobre todo en los 80 del pasado siglo. Los extraterrestres, decían los ufólogos, parecían interesados en los cuerpos humanos, en su genética, en su reproducción. Mientras la ciencia de la época hablaba de ADN, clonación y evolución: el fenómeno ovni, siempre atento a los vientos culturales, adoptó ese mismo lenguaje. De pronto, los platillos ya no eran solo vehículos: eran auténticos laboratorios volantes de oscuras intenciones. Y los alienígenas se tornaron de Hermanos Cósmicos a fríos cirujanos espaciales, una especie avanzadilla de una civilización destina al colapso, que necesitaban resolver su trágico destino a través del ser humano. Con el paso de las décadas, y ante la dificultad de sostener las historias de naves físicas y seres tangibles, sin restos, sin evidencias sólidas, la hipótesis extraterrestre empezó a mutar. Ya no se hablaba tanto de visitas materiales, sino de viajes interdimensionales, entidades energéticas o seres espirituales. De manifestaciones que cruzaban la delgada linea entre lo paranormal y lo supuestamente tecnológico. El fenómeno parecía adaptarse a los tiempos: cuando la física cuántica, la psicología y la espiritualidad ganaban terreno en el pensamiento popular, los defensores de la HET incorporaron ese lenguaje para fortalecer los cimientos de su propuesta que comenzaban a resquebrajarse después de tantos años sin confirmación. Las abducciones pasaron de ser estudios médicos a experiencias más etéreas, los alienígenas operaban sobre lo intangible, y querían “diseccionar” el alma humana. Incluso algunos aventuraban que venía a “robarnos” o a “extirparnos” nuestra esencia como humanos.

Sin embargo, el mensaje de fondo seguía siendo el mismo. Por mucho que cambiara el escenario, el guión era el mismo: estamos siendo visitados por entidades extraterrestres. Solo variaba el envoltorio conceptual. Una tesis que se adapta a las épocas, por conveniencia y pocas veces por convicción. De hecho, la HET, en cualquiera de sus versiones, no alcanzaba a explicar la raíz del problema, limitándose a flotar sobre una vasta superficie de incidentes que no pensaba integrar en su corpus sagrado. Durante décadas, la hipótesis extraterrestre ha ido sorteando, como ha podido, las numerosas y profundas grietas que le abría la propia investigación ufológica. Cada vez que el obstáculo era insalvable, surgía una nueva versión de la HET, saltaba de casillero: Si no eran marcianos, serían seres de otros sistemas solares. Si no venían del espacio conocido vendrían de algún lugar en el tiempo. Si no eran del futuro, serían de otra dimensión. Si no eran físicos, serían espirituales. Pero siempre son entidades a bordo de naves. Así, la HET ha sobrevivido, o malvivido, dirían algunos, no gracias a su solidez empírica, sino a su extraordinaria capacidad de adaptación cultural. Sin embargo, nunca ha abandonado su esencia, ese núcleo de creencia que sigue ejerciendo un poderoso atractivo entre sus fieles y que, en última instancia, es el aliento que la mantiene con vida, que “Ellos” están aquí. Quienes quieran que sean “Ellos” …

Lo mismo daba que los extraterrestres ya no fueran seres biológicos, sino entidades interdimensionales o formas de inteligencia no local que se comunican a través de frecuencias, pensamientos o sueños. Todo valía para no abandonar el barco. A lo largo de su historia, la hipótesis extraterrestre ha demostrado una notable capacidad para mutar, adaptarse y sobrevivir. Pero en ese esfuerzo por seguir en pie, ha pagado un precio alto: renunciar a explicar los casos. Mientras la casuística ufológica se llenaba de episodios extraños, contradictorios e incluso absurdos, avistamientos imposibles, entidades que parecían burlarse de la lógica, mensajes que rozaban lo surrealista, los defensores de la HET preferían mirar hacia otro lado. En lugar de enfrentarse al misterio en su totalidad, eligieron simplificarlo: si algo aparecía en el cielo, debía ser una nave espacial; si alguien veía una figura humanoide, debía ser un visitante de otro planeta. El fenómeno, con su complejidad desbordante, fue forzado a encajar en un molde demasiado estrecho. Muy estrecho. 

Lo paradójico es que la ufología nació como una insurrección contra la férrea ortodoxia científica que negaba la existencia de los OVNIS, pero, al final, terminó creando su propias reglas inquebrantables. Los primeros ufólogos decían desafiar al pensamiento establecido, pero con el tiempo construyeron un sistema cerrado de creencias donde todo debía apuntar al mismo resultado: eran extraterrestres. Así, en vez de analizar los aspectos más perturbadores del fenómeno; su mutabilidad, su comportamiento casi teatral, su frecuente inmaterialidad, su carácter simbólico o psicológico, muchos prefirieron reescribir la realidad para que siguiera encajando en la narrativa alienígena. Cada vez que el fenómeno se volvía más extraño, la teoría se disfrazaba: Cuando los ovnis no dejaban huellas, se habló de “naves interdimensionales”. Cuando los testigos relataban experiencias oníricas, se les dio una explicación “cuántica” o de manipulación psíquica. Cuando las historias se contradecían, se apeló a “razones desconocidas de los visitantes”. Todo servía para no abandonar la idea central: los alienígenas. 

En los últimos años, la HET ha vuelto a reinventarse una vez más, incorporando a su discurso los conceptos de moda: los drones, la inteligencia artificial y las tecnologías autónomas. Lo que en los años cincuenta eran platillos volantes tripulados y en los noventa naves de energía o luz, hoy se describe como artefactos inteligentes, sondas autorreplicantes o inteligencias no humanas operadas por sistemas de IA avanzados. Esta nueva reinterpretación demuestra, una vez más, la asombrosa plasticidad del mito: su capacidad para asimilar los símbolos tecnológicos de cada época y vestirlos con ropaje alienígena. Así, la HET vuelve a respirar, camaleónica, alimentándose del imaginario contemporáneo para seguir insuflando vida a la idea, de los visitantes estelares. Sin embargo, los informes más desconcertantes, aquellos en los que los OVNIS parecían comportarse como si respondieran al pensamiento del testigo, o donde los “ocupantes” realizaban acciones absurdas, cómicas o ilógicas, o inclusive se arropaban de conceptos socioculturales humanos, siguen sin tener un lugar dentro del paradigma extraterrestre. Estos casos, que constituyen la médula de la llamada “alta extrañeza” del fenómeno, son los que más deberían haber interesado a la investigación. Porque son precisamente los que desafían cualquier explicación convencional, incluso la HET, y los que podrían ofrecer una pista real sobre la naturaleza del misterio. Pero en lugar de enfrentarlos, se les ha marginado. No encajaban, y lo que no encaja se silencia. Se destierra. La ciencia avanza cuando se enfrenta a las anomalías, cuando se atreve a estudiar lo que contradice sus modelos. La ufología ortodoxa, en cambio, ha evitado las anomalías para preservar su narrativa. Su objetivo no ha sido comprender el fenómeno, sino mantener viva una hipótesis por encima de todo. Y en ese proceso, el fenómeno OVNI, ese conjunto fascinante e impredecible de sucesos imposibles, experiencias subjetivas y fenómenos paranormales y forteanos, ha quedado reducido a una etiqueta: la HET. Lo que comenzó como una interesante búsqueda de respuestas se transformó en una defensa de una creencia. Quizás por eso, después de casi ocho décadas de investigación, seguimos sin saber qué son realmente los OVNIs. El fenómeno ajeno a estas controversias parece burlarse de nuestras categorías, adaptarse a nuestras expectativas y jugar con nuestras creencias.




JOSE ANTONIO CARAV@CA


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domingo, 12 de octubre de 2025

OVNIS: ¿QUIÉNES NOS VISITAN REALMENTE?

 






En la eterna discusión sobre los OVNIS, persisten algunas preguntas que siguen sin estar claras: ¿por qué “ellos” se dejan ver? Y, aún más inquietante, ¿cuáles serían sus verdaderas intenciones?

La teoría de la Distorsión plantea una visión distinta a las interpretaciones tradicionales. Desde este enfoque, las supuestas “naves” que miles de testigos aseguran haber observado no serían necesariamente objetos físicos independientes, sino complejas interfaces simbólicas entre el fenómeno y los testigos. Lo que observamos durante un encuentro ovni sería una especie de decodificación, puente entre lo externo e interno, que intenta hacer comprensible mediante imágenes o arquetipos algo que no pertenece a nuestra realidad habitual. Por tanto, podríamos decir que lo visualizado se adapta, a través de nuestros propios filtros, a cada época, a nuestra cultura y a nuestras expectativas colectivas, funcionando como un vehículo para transmitir un mensaje “humanizado”.

De este modo, en la Edad Media lo inexplicable se manifestó como visiones de ángeles, demonios y otras criaturas forteanas. En el siglo XIX, bajo el influjo de la revolución de los globos y dirigibles, los cielos se poblaron de misteriosos airships. Y con la fulgurante era espacial, a mediados del siglo XX, llegaron los icónicos “platillos voladores”. Y en el siglo XXI, el fenómeno adopta formas más cercanas a nuestra imaginación contemporánea: drones, luces inteligentes o simplemente como inteligencias no humanas.

Por tanto, tendríamos que replantearnos si todo esto que hemos etiquetado como encuentros con civilizaciones avanzadas, serían en realidad una suerte de proyecciones culturales que el fenómeno utiliza para interactuar con nuestra mente.

La misma perspectiva ayuda a responder otra de las grandes incógnitas: ¿qué intenciones tendrían estos supuestos visitantes? La teoría de la Distorsión no contempla la existencia de múltiples razas alienígenas orbitando nuestro planeta cada una con sus propósitos e intenciones, una hipótesis que, además, resultaría estadísticamente improbable. Lo que interpretamos como “civilizaciones benevolentes” o “guías cósmicos” sería, más bien, fruto de nuestro intento por dotar de sentido a un fenómeno que parece absorber, reflejar y amplificar los arquetipos humanos en un proceso de cocreación que trasciende los límites de lo imaginable. Estas manifestaciones no son entes fijos ni autónomos, sino expresiones permeables a nuestra propia percepción, modeladas por la interacción, la expectativa y el filtro cultural de cada observador.  Así, el fenómeno no se presenta como bondadoso ni maligno, sino esencialmente neutral, moldeado por el observador y su contexto cultural. No se trataría de una invasión ni de un plan cósmico oculto, sino de un espejo en el cielo que refleja de manera distorsionada lo que el ser humano teme, espera, anhela e imagina de unas fuerzas que no comprende y con las que lleva lidiando de los albores de la humanidad. Mientras tanto, en un plano más sutil, quizá en la trastienda de esas hipnóticas puestas en escena, el fenómeno podría estar operando de manera silenciosa, provocando transformaciones psicológicas y perceptivas en los individuos. Estos cambios, difíciles de detectar en lo inmediato, podrían estar gestando una lenta pero profunda reconfiguración de la conciencia. Más que un fenómeno colectivo en sentido estricto, aunque inevitablemente también lo roce, parece operar en la intimidad de cada individuo, en ese espacio interior donde se entrelazan la percepción y la experiencia de lo trascendente.

Quizás su propósito no sea tanto transformar a la humanidad como un todo, sino acompañar, provocar o catalizar un proceso de actualización interna en quienes logran conectar con esta realidad. Es como si el fenómeno buscara un diálogo personal, una conversación silenciosa con la mente y el espíritu de cada ser humano dispuesto a mirar más allá de los límites de su propio mapa de realidad.

Así, en su aparente neutralidad, el fenómeno actúa como un disruptor dinámico que estimula en cada uno la posibilidad de expandir la conciencia, de repensarse, de recordar algo que siempre ha estado ahí, esperando ser reconocido. Quizás conectar con su propia alma. Lo que nos hace humanos.



JOSE ANTONIO CARAV@CA


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domingo, 28 de septiembre de 2025

ATRAPADOS EN LA LITERALIDAD: LAS ARENAS MOVEDIZAS DE LA TEORIZACIÓN OVNI

 





Durante décadas, gran parte de la teorización sobre el fenómeno OVNI se ha cimentado sobre un terreno que se creía firme y a prueba de terremotos. Para muchos ufólogos, el análisis de los miles de incidentes registrados en todo el mundo ofrecía una interpretación aparentemente sencilla que indudablemente estaba asociada a una imagen diáfana y reveladora que no dejaba lugar a las dudas: estábamos ante máquinas físicas y tecnológicas, pilotadas por seres inteligentes que visitan nuestro planeta. Solo había que encajar esta premisa en la respuesta adecuada. Asumíamos como punto de partida que no eran humanos, por tanto se abría debate para buscar orígenes.

Y pronto se olvidó algo fundamental; los casos.

Se asumió que, al haber obtenido una visión de conjunto a partir de cientos de informes, ya no era necesario profundizar en los incidentes de manera individual, ni darle más vueltas al asunto. Incluso se pensaba que gran parte de la casuística obedecía a otras causas por lo que no merecía la pena perder el tiempo en los incidentes más bizarros.

La idea principal del fenómeno OVNI ya había sido captada mediante una traducción literal de los relatos más simples. Aunque en ese proceso había un riego considerable. Se perdía la riqueza de matices que ofrecían la mayoría de las experiencias y, en definitiva, la verdadera dimensión del fenómeno.

Por tanto, la conclusión de las naves y seres, tomada casi como palabra de ley para empezar a especular sobre el origen del fenómeno OVNI, podría ser un espejismo que ha limitado nuestra comprensión real de estas manifestaciones. Por lo que una gran cantidad de planteamientos sobre la naturaleza de los platillos volantes estaban erigidas sobre arenas movedizas.

Y es que la mayoría de las hipótesis —desde los extraterrestres llegados de sistemas estelares remotos, hasta las teorías sobre intraterrestres, seres interdimensionales, viajeros del tiempo o incluso descendientes de antiguas civilizaciones como la Atlántida— se han construido sobre una base inestable: interpretar, de forma literal, los avistamientos como evidencias de naves físicas y seres concretos. Y ojo: esto no significa negar la existencia del fenómeno OVNI, sino cuestionar la interpretación textual de sus manifestaciones, esa tendencia a dar por hecho que lo observado es necesariamente una realidad material, un objeto tangible presente del mismo modo en que lo está un avión o una montaña.

 ¿Y por qué deberíamos de dudar de la escenografía mostrada por los platillos volantes? Dirían algunos… ¿No parece claro a qué nos enfrentámos?

Las sospechas estaban más que justificadas. Muy justificadas.

La casuística OVNI, es decir, el conjunto de miles de reportes, testimonios, documentos y registros alrededor del mundo presenta un panorama mucho más complejo, desconcertante y, en muchos casos, incompatible con las interpretaciones tan literalistas que no contemplan que lo observado pueda ser un señuelo o una pantalla sensorial.

Quizás, más bien, estemos frente a un escenario que se nos presenta como real, pero que no corresponde del todo con una “realidad intrínseca”. En otras palabras, lo que observamos puede ser un montaje de la percepción en conjunción con un fenómeno desconocido, que no necesariamente implica máquinas ni visitantes con pasaporte galáctico. Quizás podría ser una pantalla sensorial.

No hay certezas, con los relatos de los testigos sobre la mesa, que los “objetos” o “seres” observados correspondan a una realidad objetivable. En estas 8 décadas de investigación persisten las dudas.

Si nos fijamos con atención, comprobaremos que los informes describen fenómenos que desafían nuestras nociones físicas y temporales: apariciones que se desvanecen sin dejar rastro, continuos cambios de forma, ausencia de uniformidad en las observaciones, grandes alteraciones perceptivas en los testigos y coincidencias con fenómenos psíquicos o parapsicológicos.

Y por si fuera poco, la conexión del fenómeno OVNI con otro tipo de manifestaciones extraordinarias, sobrenaturales, milagrosas o forteanas registradas a lo largo de la historia, que han adoptado mil y una máscaras —desde apariciones religiosas, encuentros con entidades sobrenaturales, luces en el cielo, hasta fenómenos vinculados al folclore ancestral— ofrece una perspectiva mucho más amplia en el contexto histórico. Estos paralelismos no solo muestran que no estamos ante un fenómeno exclusivamente moderno, sino que sugieren que sus manifestaciones se arrastran a través de los siglos, adaptándose culturalmente a cada época y sociedad, tomando la forma que mejor encaja con el marco de creencias del momento. Por ello, hay suficientes indicios para considerar que lo observado dista mucho de poder interpretarse de forma literal, y que su verdadera naturaleza podría resultar mucho más ambigua y compleja de lo que las explicaciones convencionales han estado dispuestas a admitir, al apoyarse únicamente en la apariencia de lo visible.

En definitiva, podría resumirse en la idea de que lo que percibimos con nuestros sentidos no corresponde exactamente con la realidad objetiva, sino que está alterado, filtrado o distorsionado de alguna manera.

En pocas palabras, esto implica que las teorías más difundidas sobre los OVNIs se han confeccionado a partir de la “pantalla sensorial” creada por la interacción de los testigos con el propio fenómeno; es decir, sobre la idea de que “algo” o “alguien” nos visita a bordo de supermáquinas físicas, hechas de tuercas y tornillos. Durante décadas, ese punto de vista mecanicista y tecnológico condicionó y sugestionó a la comunidad OVNI, orientando las interpretaciones hacia la idea de visitantes espaciales tangibles, mientras otras posibilidades quedaban relegadas o ignoradas.

Y es que bajo ese poderoso concepto, prácticamente cualquier hipótesis sobre su origen nos vale: naves de Orión, portales dimensionales, civilizaciones perdidas, humanos del futuro. Sin embargo, ninguna de estas conjeturas ha podido explicar de manera conveniente el contenido de los extravagantes archivos ufológicos más allá de esas primeras capas. 

Estas ideas sin profundidad alguna en la literatura ovni, de naves y entidades también ha favorecido que la teorización en torno al fenómeno alcance niveles muy curiosos. Desde este enfoque, se han interpretado las supuestas acciones y conductas de los presuntos ocupantes de los “platillos volantes” bajo prismas que responden más a nuestras propios sesgos culturales. Así, se habla de civilizaciones que mantienen “convenios cósmicos” para no interferir en el desarrollo de especies con menor evolución tecnológica o espiritual, de visitantes que estarían llevando a cabo experimentos genéticos con los seres humanos, de viajeros en el tiempo realizando estudios antropológicos o de entidades dimensionales que nos manipulan con fines oscuros. Sin embargo, todas estas narrativas no hacen más que proyectar sobre el fenómeno nuestros propios arquetipos y expectativas, reforzando una interpretación literal.

Lejos de acercarnos a la verdad, esta síntesis del fenómeno ha generado una maraña de interpretaciones donde la imaginación ha suplido a la evidencia.

Cuando se especula con tanta libertad sobre el posible comportamiento de los presuntos ocupantes de los OVNIs, proyectando sobre ellos nuestros estereotipos culturales, sociales e intelectuales, se termina levantando un andamiaje teórico cada vez más intrincado. Este armazón, basado en gruesas lecturas sobre los informes ufológicos, permite que surjan y se encadenen infinidad de ideas que se apoyan unas a otras, formando un enorme y completo edificio teórico. Por eso, quienes adoptan estas creencias encuentran cada vez más difícil cuestionarlas, simplemente porque un buen número de incidentes las contradiga. Esta dinámica explica por qué resulta tan complicado que nuevas tesis o enfoques ganen terreno: para aceptarlos, muchos deberían reconstruir por completo el entramado de ideas que han asumido, un vasto sistema de creencias que no solo atribuye al fenómeno una paternidad alienígena, interdimensional o ultraterrena, sino que además sostiene toda una narrativa que se extiende mucho más allá de esa etiqueta; desde experimentos genéticos, salvaguarda de la humanidad por hermanos cósmicos o incluso pérfidas entidades controladoras.

Incluso científicos e investigadores ajenos a la ufología, que ocasionalmente se han acercado al fenómeno para dar su opinión, han terminado elaborando análisis y teorías basadas en ese mismo concepto superficial. Y aunque su intención haya sido aportar un enfoque académico, suelen tropezar con la misma piedra. Añaden nuevas capas de confusión, reforzando la idea de que el fenómeno puede entenderse únicamente como “naves y seres”, cuando la casuística real sugiere un escenario mucho más etéreo y difuso.

Hoy día, un gran número de estudiosos plantean que tal vez el verdadero desafío sea despojarse de los viejos esquemas y analizar la casuística con una mirada fresca, que contemple dimensiones desconocidas de la realidad, fenómenos de la conciencia humana o incluso aspectos aún no comprendidos de la física y la percepción. Porque si algo ha demostrado el fenómeno OVNI, es su capacidad de desbordar nuestras categorías mentales y  plantar cara a las explicaciones simples. No en vano, después de más de siete décadas de investigación y debate, seguimos intentando aproximarnos a su verdadera naturaleza sin obtener avances concluyentes. El enigma OVNI no solo pulveriza nuestras explicaciones más simples, sino que nos obliga a replantearnos seriamente qué entendemos por realidad.

En definitiva, cualquier hipótesis que no parta de un análisis profundo y riguroso de la casuística ufológica, o buena parte de ella, quedará reducida a aproximaciones vagas, parciales y sesgadas, sin el sustento necesario ni la capacidad de contrastarse con los abundantes archivos y registros acumulados durante décadas.

 



JOSE ANTONIO CARAV@CA


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sábado, 6 de septiembre de 2025

LA TEORÍA DE LA DISTORSIÓN: UNA FRONTERA PARA ENTENDER LOS ENCUENTROS CON LO IMPOSIBLE


Durante décadas, el fenómeno OVNI ha sido abordado principalmente desde dos grandes marcos explicativos: el modelo extraterrestre clásico, que postula que los informes señalan la visita clandestina de seres procedentes de otros mundos, y el modelo psicosocial, que interpreta los avistamientos como construcciones culturales, errores perceptivos, engaños o mitologías modernas (sustitutos de la religión). Sin embargo, ambos enfoques han demostrado limitaciones: uno tiende a la excesiva credulidad sin evidencia concluyente; mientras que el otro, al reduccionismo escéptico que ignora la riqueza y complejidad del fenómeno.

DISTORSIÓN: UNA FRONTERA PARA ENTENDER LOS ENCUENTROS CON LO IMPOSIBLE

Durante décadas, el fenómeno OVNI ha sido abordado principalmente desde dos grandes marcos explicativos: el modelo extraterrestre clásico, que postula que los informes señalan la visita clandestina de seres procedentes de otros mundos, y el modelo psicosocial, que interpreta los avistamientos como construcciones culturales, errores perceptivos, engaños o mitologías modernas (sustitutos de la religión). Sin embargo, ambos enfoques han demostrado limitaciones: uno tiende a la excesiva credulidad sin evidencia concluyente; mientras que el otro, al reduccionismo escéptico que ignora la riqueza y complejidad del fenómeno.

En este contexto, la teoría de la Distorsión representaría una vía intermedia. No niega la realidad del fenómeno, pero la redefine más allá de su aparente literalidad. No rechaza los testimonios pero los reinterpreta entendiendo que lo percibido no es necesariamente lo que se cree ver.

EL NÚCLEO DE LA DISTORSIÓN: UNA EXPERIENCIA INDUCIDA Y PERSONALIZADA

La Teoría de la Distorsión (TD) propone que los encuentros cercanos son reales, sí, pero lo que vemos no lo es. No se trata de naves espaciales ni de seres biológicos. Lo que el testigo percibe y siente es una especie de proyección inmersiva, una experiencia vívida que parece venir de fuera, pero que en realidad nace en parte de su propia mente. Eso sí, impulsada por un “agente externo” que, hasta ahora, sigue siendo un misterio pero que opera desde lo que se podría considerar porciones de la realidad desconocida.

Este agente —del que nada se conoce aún salvo su capacidad de interactuar hasta límites insospechados con la mente humana— utiliza el banco de recuerdos, ideas, emociones y creencias del testigo para construir una experiencia única, irrepetible y, que en muchos casos, se revela como profundamente transformadora. Estaríamos pues, ante una "distorsión de la realidad que activa arquetipos mentales muy profundos y atávicos. Asimismo, los abundantes casos documentados en los que se menciona algún tipo de comunicación entre la mente humana y el fenómeno, ya sea a través de respuestas en los movimientos de los objetos a los pensamientos del observador, experiencias de telepatía, presentimientos o premoniciones de futuros encuentros, llamadas inexplicables y otros episodios semejantes, sugieren la existencia de una conexión que podría ser clave para entender el fenómeno.

LOS PUNTOS OSCUROS QUE EXPLICA LA DISTORSIÓN

1.- LA NO REPETICIÓN: La variedad de formas y entidades descritas en los testimonios resulta asombrosa: se habla de naves con aspecto de calderos, de platillos volantes, de humanoides enfundados en trajes ceñidos con antenas relucientes, e incluso de figuras con apariencia animal o robótica. Esta diversidad, lejos de ofrecer un patrón uniforme, parece reflejar tanto la imaginación del observador como las expectativas culturales y tecnológicas de cada época, conformando un mosaico simbólico que cambia y se adapta con el tiempo.

La TD explica esta infinita galería de tropa espacial como una consecuencia derivada de un proceso entre el agente humano y el psiquismo de los testigos. Según esta visión, la mente humana no percibe el evento tal cual es, sino que lo "traduce" o recubre simbólicamente, utilizando elementos disponibles en su entorno cultural, emocional e imaginativo. Es un proceso de adaptación que actúa como una especie de filtro mental o barniz terrenal, necesario para hacer comprensible lo vivido. Este recubrimiento simbólico cubre un doble propósito, no solo permite procesar cognitivamente la experiencia, sino que también la integra dentro de un marco de sentido personal, social y cultural. Así, lo que podría ser una realidad inasumible o ajena se transforma en una narración aceptable, aunque llena de ambigüedades, que se ajusta a las coordenadas mentales del testigo o de la sociedad.

2.- EL ABSURDO: La mayoría de los investigadores nunca han podido integrar o convivir con el factor absurdo omnipresente en muchos eventos ufológicos. Y es que muchos encuentros tienen una estructura similar a los sueños: acciones inconexas, elementos mundanos incrustados en escenarios tecnológicos, desapariciones súbitas, alteraciones espacio temporales, etc. Esto se entiende dentro de la TD como el resultado de una experiencia no sujeta a las leyes físicas habituales, sino a la lógica del inconsciente, ya que el proceso que lleva a la manifestación de estos fenómenos se produce en una porción de realidad que podríamos considerar intermedia entre lo externo y lo interno. Lo físico y lo psíquico.

3.- LA CARGA PSÍQUICA: Los testigos suelen recordar la experiencia como intensamente real aunque en ocasiones parezca algo ilusoria, onírica o imaginal. Esto es coherente con la idea de una experiencia diseñada para impactar en la conciencia humana, no necesariamente para ser comprendida dentro de nuestros parámetros.

4.- LA FALTA DE EVIDENCIAS FÍSICAS: Las manifestaciones del fenómeno aunque materiales en ocasiones, mantienen una ambigua existencia dual física/psíquica, en un nivel que está fuera del alcance de nuestro entendimiento mecanicista.

EL TESTIGO COMO CO-CREADOR

Uno de los elementos fundamentales de la TD es su concepción del testigo como coautor de la experiencia. No es un receptor pasivo que observa un objeto externo, sino un participante activo cuya mente, llegado el momento, proporciona el material con el que el fenómeno se reviste. Esto no implica que todo sea subjetivo o imaginado. Muy por el contrario: la experiencia es impuesta desde fuera, pero construida desde dentro.

Este modelo abre nuevas vías para comprender no solo los encuentros OVNI, sino también fenómenos extraordinarios de carácter visionario como apariciones religiosas, experiencias con difuntos, experiencias chamánicas, o incluso manifestaciones del folclore antiguo. Todos ellos podrían ser variantes culturales de un mismo núcleo de Distorsión. La TD no solo ofrece un marco explicativo para los encuentros anómalos sino que también plantea preguntas sobre la naturaleza de la realidad, la conciencia y los límites de lo humano. ¿Qué o quién es el agente externo? ¿Con qué fin se induce la experiencia? ¿Es esta distorsión una forma de contacto simbólico con una inteligencia no humana? ¿O es una especie de prueba, una simulación destinada a confrontarnos con lo desconocido en nuestra propia psique?

CONCLUSIÓN: UNA NUEVA FRONTERA

La TD no busca de ninguna de las maneras eliminar el componente desconocido del fenómeno, sino replantear los conceptos e ideas que han estado presentes en la literatura ufológica desde sus orígenes. No afirma que los testigos mientan, ni niega que algo real fuera de nuestro alcance esté ocurriendo. Lo que propone es una forma interpretar el fenómeno: no como una intrusión física de entidades extraterrestres, sino como una interacción simbólica con una realidad aún no definida, capaz quizás de expandir la conciencia humana hacia nuevas y reveladoras fronteras cognitivas.

 

 



 JOSE ANTONIO CARAV@CA


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