Durante décadas, el fenómeno OVNI ha ocupado un lugar privilegiado en el imaginario colectivo suscitando todo tipo de interrogantes y debates sobre su naturaleza y objetivos. Desde luces imposibles en el cielo hasta encuentros cercanos con supuestos astronautas de otros mundos, el asunto ha alimentado libros, documentales y discusiones interminables, sin que hasta el momento hayamos sido capaces de resolver la ecuación.
Sin embargo, si observamos el panorama con cierta
perspectiva, hay un dato que llama poderosamente la atención ya que en las
últimas 4 décadas, los encuentros cercanos, los eventos más desconcertantes de
estas manifestaciones, y los que ofrecían más detalles y mayor proximidad han
disminuido de una forma drástica.
No es que el fenómeno haya desaparecido del todo, pero sí
parece haberse diluido en intensidad y en calidad de información y reservarse
solo para avistamientos lejanos, y bajo unos parámetros que parecen muy
alejados de aquella grandilocuencia que fascinaba a propios y extraños cuando
los objetos se revestían de una alta extrañeza que nada tiene que ver con las
luces o artefactos descritos en la actualidad.
Y tras muchos años de incertidumbres y confusión, podemos
preguntarnos ¿Por qué no hay coherencia en sus manifestaciones?
Porque si algo ha demostrado el fenómeno ovni es que es
sencillamente aleatorio y caótico en sus presentaciones, tanto en lo que se ve
como en lo que supuestamente comunican los “visitantes”. Miles de informes de
encuentros cercanos acumulados durante más de medio siglo no dibujan un patrón
claro. Al contrario, nos muestran un mosaico caótico de descripciones,
comportamientos y experiencias que no encajan entre sí, más allá de su esqueleto
básico. No existe la repetición ni la coherencia.
Unos hablan de seres altos y luminosos, otros de criaturas monstruosas,
otros de humanos “perfectos”. Algunos encuentros son pacíficos, otros
traumáticos y muchos apáticos o sin sentido. Unos incluyen mensajes
espirituales, otros amenazas veladas y una gran mayoría un baturrillo de
absurdeces. Nada se repite de forma consistente. Y eso es crucial.
Si estuviéramos ante una inteligencia sistematizada,
tecnológica y avanzada, como se supone que sería una civilización extraterrestre,
lo lógico sería esperar cierto orden, un método reconocible, una estrategia
coherente. En síntesis ciertos patrones lógicos. Y aunque no entendiéramos sus mensajes o intenciones,
por ese salto cognitivo entre especies
muy diferentes, por lo menos a nivel observacional si deberíamos encontrar
cierta uniformidad si se tratara de un fenómeno puramente físico.
Pero lo que registramos es justo lo contrario, ya que tenemos
un modus operandi anárquico, sin control aparente, sin continuidad y sin una
lógica clara.
Esto nos obliga a replantearnos muchas teorías expuestas para
explicar estas experiencias. Las que hablan de extraterrestres, viajeros del
tiempo, seres intraterrestres, entidades extradimensionales e inteligencias artificiales
alienígenas tienen que enfrentarse a una realidad incuestionable el fenómeno no
se comporta como algo estructurado. Ni siquiera como algo que está ahí afuera
esperando a presentarse.
Entonces, ¿qué es lo que está ocurriendo?
Cada vez más investigadores sugieren que el fenómeno ovni podría
estar interactuando con la mente humana de una forma mucho más profunda de lo
que creemos. Pero no limitado a lo “psíquico” o lo meramente mental, sino
afectando también a la realidad física. Como si hubiera una conexión secreta
entre conciencia, entorno y fenómeno que todavía no somos capaces de explicar.
No se trataría simplemente de “ver naves” o “seres”, sino de potentes
experiencias visionarias complejas donde la percepción, lo mental y lo físico
se mezclan y entrelazan de formas impensables. Sin duda estamos ante incidentes
reales, físicos y externos al ser humanos, pero no necesariamente explicables
con los modelos clásicos basados en el concepto visitantes espaciales y tecnología
de tuercas, tornillos y chips.
Tal vez el error ha sido querer encajar el fenómeno ovni dentro
de esquemas demasiado rígidos de nuestra ciencia, que juzga que, o se trata de
tecnología alienígena… o es imaginación. Y quizá la verdad se mueve en un
terreno mucho más incómodo, más ambiguo y más difícil de clasificar.
Lo que parece cada vez más claro es que este fenómeno no debe
traducirse, ni resolverse, con los mismos mecanismos capitales que hemos
manejado hasta ahora. Porque si algo nos dicen décadas de testimonios es que no
estamos enfrentados a una realidad física convencional cualquiera que sea su
origen, sino ante un misterio que desafía por completo nuestra forma de
entender la realidad, la mente y sus límites.
Y eso, lejos de cerrarlo, lo hace todavía más fascinante.
Creo que el fenómeno ovni influye en la mente de quienes lo
observan. Por eso, es posible que la forma en que se manifiesta en muchos
encuentros cercanos, lo que las personas dicen ver, no sea fija, sino el
resultado de una interacción entre el fenómeno y la psique del testigo. No
sería tanto que nuestra mente “interprete” o “traduzca” algo desconocido, sino
que el propio fenómeno parece adaptarse o cambiar al estar en contacto con
nosotros.
Tal como lo concibo, la naturaleza del fenómeno podría ser
informacional. No como una tecnología en el sentido habitual, sino como una
especie de puente entre nuestra realidad y otra distinta. A través de ese
puente no solo se muestra algo externo, sino que también se nos transmite
información que puede cambiar cómo percibimos la realidad y, con el tiempo,
nuestra forma de pensar y a más largo plazo nuestra conciencia.
Este tipo de comunicación podría verse como un intento de
acercarse a nuestra forma de pensar o a nuestra cultura para que entendamos
algo desconocido. Pero si atendemos a la casuística, el fenómeno no se comporta
como un lenguaje organizado o estructurado. Al contrario todo parece fruto de un
proceso aleatorio, lleno de variantes, casi anárquico. Y si existiera un
“mensaje” claro, entre miles de experiencias habría mucha más coherencia.
Quizá no estemos ante excelsas civilizaciones alienígenas o
vaporosas entidades de otras dimensiones, sino ante algo que actúa como un “sistema
operativo” que, al interactuar con la conciencia humana, provoca “actualizaciones”
psíquicas imprevisibles en sus usuarios.
Estas manifestaciones no nos explican cómo funciona el mundo,
pero nos obligan a replantearnos quiénes somos y qué hay más allá de la
realidad cotidiana…
JOSE ANTONIO CARAV@CA
Prohibido la reproducción total o parcial del material incluido en el presente blog sin previa autorización del autor. Propiedad de José Antonio Caravaca.

No hay comentarios:
Publicar un comentario