La inteligencia artificial, ya sea en su lenguaje escrito o
en el visual, parte siempre de lo humano. Sin embargo, lo que devuelve a veces
se presenta ante nosotros con una extrañeza desconcertante porque ya ha pasado por
los, casi infinitos e impredecibles, laberintos de su pensamiento digital.
Su forma de comprender la realidad y de comunicarse no tiene
por qué resultarnos del todo comprensible, ya que su aprendizaje y evolución
transcurre por caminos distintos a los nuestros. Y es por ello que muchos de
sus resultados, sobre todo en las primeras generaciones de esta nueva
tecnología, nos descoloquen y nos muestren una realidad nebulosa.
Curiosamente, esa misma sensación de rareza y abstracción,
ese lugar intermedio donde lo cotidiano se mezcla con lo insólito, aparece
desde hace décadas en los testimonios de quienes aseguran haber vivido
encuentros cercanos con ovnis. En ambos casos, ya sea en una imagen generada
por IA o en un relato ufológico, el desconcierto surge del mismo punto ciego,
una realidad que parece filtrada por una mirada entre lo humano y otra forma de
inteligencia que intenta expresarse utilizando códigos de nuestra propia
civilización
La teoría de la Distorsión propone que no estamos frente a un
simple teatro extraterrestre ni ante una alucinación individual, sino ante una
compleja interacción simbiótica entre el observador y lo observado en una zona
liminal de la realidad. Lo que ve el testigo no es “el fenómeno” en sí, sino el
resultado de una compleja interacción con un agente externo es capaz de
adaptarse a los filtrados socioculturales. Dicho de otro modo, el ovni no sólo
se aparece, se co-crea a tiempo real ante los ojos de los observadores.
Y aquí es donde encontramos el escenario perfecto para
establecer la comparación con la inteligencia artificial. Los algoritmos que
construyen por ejemplo una imagen de una IA es el resultado de una composición
a partir de millones de fragmentos visuales. La IA aprende de nosotros, pero no
piensa como nosotros. Su mirada podríamos decir es casi alienígena. Produce
imágenes perturbadoras e inconexas porque no entiende del todo lo que imita.
Del mismo modo, el fenómeno ovni, sobre todo en los encuentros cercanos utiliza
como soporte para su mensaje el material proporcionado por los testigos, su
cultura, sus miedos, sus creencias, sus sueños pero ensamblarlo de forma
coherente puede entrañar serias dificultades.
Ateniéndonos a los resultados, al igual que ocurre en el
universo de los sueños, las experiencias ufológicas parecen el resultado de un extraño
collage que a veces roza el surrealismo, un arte que intenta sobrepasar lo real
impulsando lo irracional y onírico mediante la expresión automática del
pensamiento o del subconsciente. Lo que percibimos es como un mensaje
fragmentario que nunca termina de completarse. Al fin y al cabo, nosotros somos
la imperfecta base de datos de los ovnis.
JOSE ANTONIO CARAV@CA
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